El Despertar de una Voz
“Un lapso de silencio” es el testimonio autobiográfico de la psicóloga Edna Mariela Rubio y su mamá, la Sra. Myrna Franco, acerca de un extraordinario periodo de la vida de ambas, en el cual para Edna transcurrieron alrededor de seis meses en estado de coma y después al menos un año en rehabilitación neuromotora.
Iniciado por la Sra. Myrna como un cuaderno de notas, una especie de diario durante la prolongada inconsciencia de su hija, el escrito es continuado muchos meses después por la mano de Edna en cuanto su condición física se lo permitió, y su progresiva reintegración a la vida normal planteó a Edna la necesidad de elaborar su propio discurso, acerca de una experiencia que la había privado de prácticamente medio año de su vida, dejándola sin recuerdo alguno al respecto y atrapada en una inmovilidad que habría de superar sólo después de meses de una lenta y dolorosa rehabilitación física.
La lectura de este testimonio fue para mí asomarme al angustioso trance de una madre luchando por la vida de su hija, en una lucha incansable para sortear la frustración ante los dictámenes médicos cargados de un pesimismo disfrazado de objetividad. Ahí donde creo que muchos otros hubiéramos “tirado la toalla”, rendidos ante la fachada monolítica del saber médico, la Sra. Franco relata su incesante búsqueda de opciones para su hija, actitud que el tiempo y los hechos demostraron que en vez de ser una terca negación de la realidad, muy por el contrario ahora podemos constatar como la natural respuesta del incondicional amor de una madre por su hija y de un poder más allá del raciocinio: la Fé.
El ejemplo de Edna y Myrna demuestran las capacidades humanas del amor y la fé para transformar las circunstancias más adversas en una oportunidad de superación y aprendizaje, revelando la profundidad del vínculo entre madre e hija y despertando en sus protagonistas amplias sensibilidades ante el dolor de los demás, junto con un intenso aprecio por la vida.
Ahora, en una nueva etapa de su existencia, Edna decide publicar su testimonio y el de su madre, haciendo uso de los poderes curativos del contar y compartir historias, empíricamente descubierto en el transcurso de construir una memoria de los acontecimientos.
Tan vieja como la humanidad misma y tan nueva como el creciente movimiento de terapias narrativas, que acaba de emerger en las últimas décadas como resultado de la aplicación de teorías posmodernistas a la salud mental, la narratividad se encuentra a la vanguardia tanto epistemológica como metodológica de todas las ciencias sociales, brindando un justo tributo hacia el papel que la literatura ha jugado en el desarrollo de los seres humanos, pues como escribió Marcel Proust: “Para reencontrar el tiempo hay que salirse del tiempo y entrar al de la literatura”
Esta acreditación de los abordajes narrativos, ha sido y es uno de los logros en la creación de alternativas de conocimiento, distintas a las preconizadas por el método científico tradicional, ya que el conocimiento generado por dicho método, crea realidades en las que es requisito indispensable la separación tajante entre el sujeto que conoce y el objeto conocido; las consecuencias de aplicar metodologías científicas tradicionales a las realidades humanas, son la división, el aislamiento y la incomunicación entre las personas.
Hay otras formas de hacer ciencia, enfocadas a respetar las características propias de las realidades humanas y precisamente una de ellas, la llamada Perspectiva de Género, heredera intelectual directa de los movimientos feministas, creo que aportará una de las lecturas más críticas de “Un lapso de silencio”. A continuación, citaré algunos extractos del artículo escrito por Roberto Castro y Mario Bronfman, titulado “Teoría Feminista y Sociología Médica: Bases para una Discusión”:
“Práctica médica
(…) las pacientes tienden a presentar sus casos relacionando sus síntomas con diversos aspectos de su vida diaria, así como con sus propias opiniones y creencias a propósito de lo que les pasa. Los médicos, por el contrario, entrenados bajo un modelo masculino de ciencia, que enfatiza la objetividad y la separación entre el sujeto que conoce y los objetos que son conocidos, tienden a dirigir autoritariamente la conversación en términos estrictamente clínicos, sin permitir que las mujeres se expresen como ellas lo desean. En ese marco, ellos deciden qué temas son apropiados y cuáles no para manejarse en el contexto de la entrevista. Esta relación jerárquica se agudiza en el caso de mujeres de color o de estratos sociales bajos. La autora propone que la explicación de fondo de este fenómeno -que incluye también a doctores y pacientes que actúan "de buena fe"- radica en los fundamentos epistemológicos de la visión del mundo que poseemos -visión permeada del discurso científico- que, con su sesgo masculino, fuerzan a los actores a dar por sentadas ciertas cosas, por ejemplo que el cometido fundamental de las mujeres es la reproducción, que desde una perspectiva racional y no emocional se logra un mejor entendimiento de las cosas; que con su entrenamiento clínico los médicos están mejor preparados para entender lo que las pacientes sienten y temen, de modo que ellos pueden incluso reinterpretar apropiadamente las explicaciones de ellas y decirles lo que en realidad sienten. Es una epistemología que asocia los conceptos de naturaleza, cuerpo, subjetividad, dominio privado, sentimientos, emociones y reproducción bajo la identidad genérica femenina, y los conceptos de cultura, mente, objetividad, dominio público, pensamiento, racionalidad y producción, bajo la identidad genérica masculina. Así, el mundo queda dividido entre el sujeto que conoce (científico, mente, masculino) y el objeto que es conocido (naturaleza, cuerpo, femenino). Esta epistemología adquiere concreción en los encuentros médicos que la autora analiza, y distingue el mundo natural del social. Confina el primero a las ciencias biológicas y médicas, y el segundo a las ciencias políticas y sociales. La reproducción humana es categorizada como un evento biológico, lo cual establece las bases para excluir los aspectos sociales en su tratamiento. Por ello, aunque la reproducción incluye tanto los aspectos biológicos como los sociales y emocionales de la mujer, los médicos se centran sólo en los primeros y desechan los segundos como irrelevantes o sobre los que resulta inapropiado hablar.
En esta misma línea de investigación, Fisher y Groce han estudiado la manera en que los estereotipos existentes en torno a la condición de la mujer emergen, en el transcurso de una entrevista médica, en detrimento de las pacientes mujeres (Fisher y Groce, 1985). Al analizar el interrogatorio que realizan los médicos, pueden apreciarse con claridad los supuestos a partir de los cuales los médicos abordan a las pacientes. Por ejemplo, en el caso de una mujer que se presenta con varias heridas porque acaba de caerse de una motocicleta, el médico pregunta también por el conductor, asumiendo que esta mujer, por ser mujer, iba en la parte de atrás de la motocicleta. El análisis muestra que el médico necesita reciclar varias veces la información que le da la paciente para finalmente comprender que se trata de un caso en el que sus supuestos no se cumplen, pues era la paciente la que iba manejando. Otros ejemplos muestran al médico con dificultades para asimilar la información de una paciente mujer, que señala que en su matrimonio ella no tiene relaciones sexuales con su pareja sin que ello signifique ningún problema (el médico asume que las mujeres deberían tener relaciones sexuales con sus esposos y que, en caso contrario, debería haber problemas en el matrimonio), o de otra mujer que dice contar con alto grado de tolerancia al dolor físico (el médico asume que las mujeres no aguantan mucho dolor). Las autoras muestran que el grado de adecuación de las pacientes a los supuestos culturales que maneja el médico se relaciona directamente con la calidad de la atención que reciben.
Otras investigaciones han explorado el tipo de interacción que tiene lugar cuando el médico es una mujer y el paciente un hombre. West ha demostrado que en estos casos los pacientes tienden a interrumpir a la doctora con mucha mayor frecuencia que cuando los papeles están invertidos, esto es, cuando el médico es un hombre y la paciente una mujer (West, 1984). La frecuencia de las interrupciones es considerada un indicador de la dinámica del poder que tiene lugar en la interacción entre dos personas (Derber, 1983) (…)”
La escalofriante pertinencia de la perspectiva de género, queda para mí confirmada cuando Edna averigua que nunca tuvo un tumor cerebral y que su estado comatoso se debió a una intervención quirúrgica fuera de lugar, hecha con dispositivos inadecuados y determinada por un estudio clínico malinterpretado.
Mario De La Cruz Arreola
Ensenada, B.C., a 20 de octubre de 2006
Friday, October 20, 2006
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http://akurion.wordpress.com/2007/11/25/en-contra-del-constructivismo/
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