Saber médico
Como quedó claro en el apartado anterior, el estudio de los determinantes de la salud no puede hacerse al margen del análisis de la forma en que los conceptos de salud y enfermedad son construidos socialmente. Es en el análisis del saber médico donde la capacidad analítica de la teoría feminista resulta más prometedora, toda vez que dichos análisis tienden a desenmascarar el papel que la ideología y el conocimiento juegan en la creación y recreación de las estructuras de dominación que oprimen a las mujeres. Así por ejemplo, Oakley ha analizado el proceso histórico a través del cual el embarazo y el parto dejaron de ser una forma común de conducta social para constituirse en fenómenos médicos. De acuerdo a la autora, en el transcurso de los últimos ochenta años el embarazo y el parto fueron gradualmente definidos como un fenómeno biológico, lo cual a su vez creó las condiciones para justificar el dominio médico en este campo (Oakley, 1984).
Treichler ha estudiado el significado del parto en el discurso norteamericano actual. La autora sostiene que no es posible mirar a través del discurso para determiner lo que es realmente un parto "porque es el discurso mismo el lugar donde tal determinación está inscrita" (Treichler, 1990: 132). La autora señala que en el discurso médico norteamericano el parto es definido como un evento en el que el papel activo es jugado por los médicos obstetras, y el pasivo por la mujer que pare. Por ejemplo, algunos diccionarios médicos definen el parto como "la completa expulsión o extracción de la madre, de un feto que pese 500 gramos o más" (Treichler, 1990: 117). De acuerdo a la autora, este tipo de definiciones implícitamente incluyen la presencia de un médico, tal como la palabra extracción lo supone. En otras palabras, un conjunto de eventos, como el parto, otrora del dominio propio de la mujer, ha sido expropiado y redefinido por la ciencia médica masculina, con implicaciones directas en la manera en que las mujeres de hoy interpretan y viven estos fenómenos.
Siguiendo el dictum de Thomas, Rothman ha señalado que "si las situaciones definidas como reales son reales en sus consecuencias, entonces aquellos que definen, controlan" (Rothman, 1978: 124). La autora ilustra esta aserción mostrando cómo el discurso médico define el parto como algo en lo que los médicos son los principales actores: así se explica que ellos presentan el bebé recién nacido a la madre. De la misma manera, aunque una mujer puede sospechar que está embarazada, no es sino hasta que tiene lugar una evaluación médica que esta sospecha puede verificarse. Algo semejante ocurre con el trabajo de parto y, en general, con todo el proceso de la reproducción humana. La autora señala que la medicina masculina considers que una mujer, en trabajo de parto, está bajo control si es capaz de reprimir sus sentimientos y dolores durante esa etapa. Por el contrario, si una mujer decide enfrentar el trabajo de parto con llanto y gritos, pierde por completo su derecho a ser tomada en cuenta para las decisiones que haya que tomar, pues se le considera fuera de control. Se trata, obviamente, de una definición masculina del concepto de control que es impuesta a las mujeres en estas circunstancias.
Por otra parte, Martin ha analizado el sesgo masculino que prevalece en los textos de medicina, en particular respecto a la manera aparentemente "objetiva" y "científica" con que es abordado el tema de la reproducción humana (Martin, 1987). Tales textos se encuentran en realidad repletos de metáforas ideológicas que cumplen la función de perpetuar una manera masculina de mirar el mundo, el cuerpo hurnano y el proceso de reproducción. Por ejemplo, en tales textos, el cuerpo femenino es descrito como un sistema burocrático de control organizado jerárquicamente, lo cual tiene implicaciones directas en la forma en que diversas funciones son percibidas. Así, la menopausia es entendida como una falla general del sistema central, a consecuencia de la cual los ovarios "dejan de responder" y el hipotálamo comienza a "dar órdenes inapropiadas". El cuerpo femenino es percibido como un organismo orientado fundamentalmente hacia la reproducción. Por ello, la ovulación es descrita como un proceso en el que todos los cambios del organismo tienen lugar con miras a preparar el ambiente adecuado para la fertilización del óvulo. Martin señala que esta descripción teleológica del organismo femenino tiene consecuencias directas en la manera en que es percibida la menstruación. Esta es descrita como un propósito fracasado, como un proceso de construcción malogrado. Y cita diversos textos de medicina actuales en los que el lector encuentra que la menstruación es descrita con términos negativos: "degeneración" del corpus luteum, "declinación" de los niveles de estrógenos y progesterona, "suspensión" de los efectos estimulantes de aquellas hormonas, "espasmos" de los vasos sanguíneos del endometrio, "degeneración" del endometrio como consecuencia de la "carencia" de irrigación sanguínea, "debilitamiento" de los vasos capilares, que resulta en una "fuga o escurrimiento" de la sangre, y "descarga" de la misma (Martin, 1987: 47). Frente a estas descripciones, la autora contrasta los términos con que se describe la espermatogénesis: se trata de un proceso "extraordinario", "sorprendente", de magníficas" proporciones. Martin señala que no existen términos neutrales en los textos científicos, y que este tipo de análisis muestra la valoración diferencial -hecha desde una perspectiva patriarcal- que subyace al discurso médico científico contemporáneo.
Junto a la crítica del discurso patriarcal, desde la perspectiva feminista se ha impulsado toda una línea de investigación tendiente a rescatar otros saberes, otras formas alternativas de pensar y vivir los fenómenos de la salud y la enfermedad. Este esfuerzo incluye un cuestionamiento al énfasis que nuestra cultura pone en la observación, en lo que se puede ver, y un impulso a lo que se puede oír, a la facultad de escuchar como modo privilegiado de percepción (Martin, 1990: 69). En este sentido, Valdés ha estudiado las construcciones significativas que realizan las mujeres en relación a los diversos aspectos de la reproducción humana (Valdés, 1988). De acuerdo a la autora, "ser madre" y "ser dueña de casa" son formas de identidad social que brindan mayores espacios de poder frente a los hombres. "Ser esposa", por el contrario, supone una relación de sometimiento ante ellos. La alta fecundidad que se observa en muchas mujeres se asocia con las reducidas opciones de acción de que disponen las mujeres en tanto madres. Sin embargo, sometidas como están a una doble dominación (patriarcal y de clase), las mujeres tienden a reproducer las mismas relaciones sociales que las oprimen, generando en sus hijas "el mismo ciclo que ellas vivieron y que muchas rechazan: necesitan que sirvan de dueñas de casa y que cuiden a los hermanos menores cuando salen a trabajar" (Valdés, 1988: 287). Mediante la construcción de varios "tipos ideales", la autora explora la multiplicidad de construcciones significativas con que las mujeres explican los papeles que les son impuestos socialmente. Estas construcciones de sentido sirven también para cambiar sus proyectos de comportamiento reproductivo, que con frecuencia deben efectuar como consecuencia de las condiciones objetivas de vida con que cuentan (de pobreza y desamparo). En suma, Valdés ha mostrado la pertinencia de este tipo de investigaciones para el estudio, tanto de las experiencias vividas por los actores sociales (en este caso las mujeres) en relación con ciertos temas significativos (en este caso la reproducción humana), como la interpretación que ellas mismas proveen respecto de tales vivencias (véase también Ramos, 1983).
Práctica médica
Desde una perspectiva feminista, también se ha producido una cantidad significativa de literatura dentro del campo de la práctica médica. Tood, por ejemplo, ha investigado el tipo de interacción cara-a-cara que tiene lugar entre doctores (generalmente hombres) y pacientes mujeres que acuden a consulta ginecológica o de planificación familiar (Tood, 1989). La autora se propone analizar esa interacción en su relación con la estructura social más general que enmarca dichos encuentros. De acuerdo a sus observaciones, las pacientes tienden a presenter sus casos relacionando sus síntomas con diversos aspectos de su vida diaria, así como con sus propias opiniones y creencias a propósito de lo que les pasa. Los médicos, por el contrario, entrenados bajo un modelo masculino de ciencia, que enfatiza la objetividad y la separación entre el sujeto que conoce y los objetos que son conocidos, tienden a dirigir autoritariamente la conversación en términos estrictamente clínicos, sin permitir que las mujeres se expresen como ellas lo desean. En ese marco, ellos deciden qué temas son apropiados y cuáles no para manejarse en el contexto de la entrevista. Esta relación jerárquica se agudiza en el caso de mujeres de color o de estratos sociales bajos. La autora propone que la explicación de fondo de este fenómeno -que incluye también a doctores y pacientes que actúan "de buena fe"- radica en los fundamentos epistemológicos de la visión del mundo que poseemos -visión permeada del discurso científico- que, con su sesgo masculino, fuerzan a los actores a dar por sentadas ciertas cosas, por ejemplo que el cometido fundamental de las mujeres es la reproducción, que desde una perspectiva racional y no emocional se logra un mejor entendimiento de las cosas; que con su entrenamiento clínico los médicos están mejor preparados para entender lo que las pacientes sienten y temen, de modo que ellos pueden incluso reinterpretar apropiadamente las explicaciones de ellas y decirles lo que en realidad sienten. Es una epistemología que asocia los conceptos de naturaleza, cuerpo, subjetividad, dominio privado, sentimientos, emociones y reproducción bajo la identidad genérica femenina, y los conceptos de cultura, mente, objetividad, dominio público, pensamiento, racionalidad y producción, bajo la identidad genérica masculina. Así, el mundo queda dividido entre el sujeto que conoce (científico, mente, masculino) y el objeto que es conocido (naturaleza, cuerpo, femenino). Esta epistemología adquiere concreción en los encuentros médicos que la autora analiza, y distingue el mundo natural del social. Confina el primero a las ciencias biológicas y médicas, y el segundo a las ciencias políticas y sociales. La reproducción humana es categorizada como un evento biológico, lo cual establece las bases para excluir los aspectos sociales en su tratamiento. Por ello, aunque la reproducción incluye tanto los aspectos biológicos como los sociales y emocionales de la mujer, los médicos se centran sólo en los primeros y desechan los segundos como irrelevantes o sobre los que resulta inapropiado hablar.
En esta misma línea de investigación, Fisher y Groce han estudiado la manera en que los estereotipos existentes en torno a la condición de la mujer emergen, en el transcurso de una entrevista médica, en detrimento de las pacientes mujeres (Fisher y Groce, 1985). Al analizar el interrogatorio que realizan los médicos, pueden apreciarse con claridad los supuestos a partir de los cuales los médicos abordan a las pacientes. Por ejemplo, en el caso de una mujer que se presenta con varias heridas porque acaba de caerse de una motocicleta, el médico pregunta también por el conductor, asumiendo que esta mujer, por ser mujer, iba en la parte de atrás de la motocicleta. El análisis muestra que el médico necesita reciclar varias veces la información que le da la paciente para finalmente comprender que se trata de un caso en el que sus supuestos no se cumplen, pues era la paciente la que iba manejando. Otros ejemplos muestran al médico con dificultades para asimilar la información de una paciente mujer, que señala que en su matrimonio ella no tiene relaciones sexuales con su pareja sin que ello signifique ningún problema (el médico asume que las mujeres deberían tener relaciones sexuales con sus esposos y que, en caso contrario, debería haber problemas en el matrimonio), o de otra mujer que dice contar con alto grado de tolerancia al dolor físico (el médico asume que las mujeres no aguantan mucho dolor). Las autoras muestran que el grado de adecuación de las pacientes a los supuestos culturales que maneja el médico se relaciona directamente con la calidad de la atención que reciben.
Otras investigaciones han explorado el tipo de interacción que tiene lugar cuando el médico es una mujer y el paciente un hombre. West ha demostrado que en estos casos los pacientes tienden a interrumpir a la doctora con mucha mayor frecuencia que cuando los papeles están invertidos, esto es, cuando el médico es un hombre y la paciente una mujer (West, 1984). La frecuencia de las interrupciones es considerada un indicador de la dinámica del poder que tiene lugar en la interacción entre dos personas (Derber, 1983). Tanto Fisher y Groce como West, retoman el concepto de master status, que se refiere al estatus dominante de una persona, estatus que tiende a supeditar bajo sí mismo cualquier otra característica de los individuos (Hughes, 1971: 147). Las autoras concluyen que en los encuentros médicos mixtos (es decir, en donde los actores son de diferente sexo), el master status de las mujeres (sean médicos o pacientes) es su condición de mujer, mientras que el de los hombres es su condición de médicos o de pacientes, según el papel que jueguen. Se trata de una asimetría fundamental que explica muchas de las características concretas de los encuentros médicos.
Otras investigaciones feministas dentro de este campo se han concentrado en las profesiones de la salud. En algunos casos, el objetivo ha sido ilustrar cómo también dentro de las profesiones el lugar de la "otredad" ha sido asignado a las mujeres. El concepto de "otredad" ha sido propuesto para referir el hecho de que en la sociedad contemporánea la realidad se juzga desde una perspectiva que presupone un punto de vista occidental (europeo), masculino y de raza blanca. Lo "otro" es todo aquello que no pertenece a dicho punto de vista, que en consecuencia no se da por sentado, y que hay que nombrar. Así, se habla de la medicina para referirse a la medicina moderna, y de otras medicinas, o de medicinas alternativas para referirse a las prácticas médicas que son diferentes de la medicina moderna. De igual modo, la profesionalización de la medicina ha significado, entre otras cosas, el monopolio masculino de la misma (Hearn, 1982; Roberts, 1981). Cuando se habla de profesionales médicos, se asume que se habla de médicos-hombres. Si este supuesto no se cumple, es necesario especificar que se habla de médicas-mujeres. Las "otras", las diferentes a lo implicado en el punto de vista normalmente asumido son las mujeres. Simultáneamente, las ocupaciones dominadas por mujeres (como la enfermería y la partería) han sido definidas como "semiprofesionales", esto es, han sido definidas como "otras" ocupaciones, -diferentes de la profesión médica, que se asume masculina, y se utiliza como punto de vista para definir a las demás-, o han sido descalificadas como "brujería" (Storch y Stinson, 1988; Crompton, 1987; Ehrenreich y English, 1976). En otros casos, se ha argumentado que la creciente conciencia feminista ha influido, por lo menos parcialmente, en la composición por sexos de las profesiones relacionadas con la salud pública y la educación para la salud (Kronenfeld, 1988).
Por último, la educación para la salud constituye uno de los campos donde se ha dado mayor activismo feminista. Durante los últimos años se han multiplicado los grupos de mujeres que se reúnen para discutir -en los términos de sus propias interpretaciones- sus vivencias relacionadas con la salud y la enfermedad. Sin embargo, poco se ha documentado académicamente sobre los avances y logros de estos grupos, sobre todo en términos del nuevo conocimiento feminista eventualmente producido a través de esos encuentros (Cardaci, 1989).
Monday, October 16, 2006
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http://akurion.wordpress.com/2007/11/25/en-contra-del-constructivismo/
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