Sunday, November 19, 2006

Aquí termina akurion2 y comienza akurion3 ahora en WordPress, donde integraré a manera de categorías, los blogs:

la nave de los locos,

la representacion,

mis conversaciones,

glob

y el catalogo de olores.

Wednesday, November 01, 2006

Testigo del Ser

Ken Wilber


Ken Wilber nos lleva a trascender la dualidad en un sencillo ejercicio...

Ser un testigo del ser consciente puede prolongarse durante la vigilia, el sueño onírico y el sueño profundo. El Testigo se halla totalmente accesible en cualquier estado, incluyendo tu propio estado de consciencia de este mismo instante. Así que les voy a guiar hacia ese estado, utilizando lo que en Budismo se llama “instrucciones indicativas”. No voy a intentar conducirles a un estado de consciencia diferente, a un estado de consciencia alterado o a un estado diferente de lo común. Simplemente, voy a destacar algo que ya está ocurriendo en tu estado actual, presente y habitual.

Así que comencemos por tomar consciencia del mundo que nos rodea. Mira al cielo, y simplemente relaja tu mente; deja que tu mente y el cielo se fundan. Observa las nubes que flotan. Toma nota de que esto no requiere de esfuerzo alguno de tu parte. Tu estado de consciencia actual -en el que flotan estas nubes- es algo muy simple, muy fácil, que no requiere de esfuerzo, espontáneo. Simplemente toma nota de que, sin mediar esfuerzo alguno, tomas consciencia de las nubes. Lo mismo ocurre con esos árboles, esas aves y esas rocas. En forma simple y sin esfuerzo, tomas conciencia de todos ellos.

Observa ahora las sensaciones presentes en tu propio cuerpo. Puedes tomar consciencia de cualquier sensación corporal que se halle presente ahora: quizás la presión del mueble, quizás el calor en el abdomen, quizás una tensión en tu cuello. Sin embargo, aún si estas sensaciones fuesen de tensión, puedes tomar consciencia de ellas con facilidad. Estas sensaciones surgen en tu consciencia presente, y esa consciencia es muy simple, fácil, relajada, espontánea. Eres un testigo, sin esfuerzo y sin dificultad.

Observa los pensamientos que surgen en tu mente. Puede que observes diversas imágenes, símbolos, conceptos, deseos, esperanzas y temores, todos los cuales surgen espontáneamente en tu consciencia. Surgen, permanecen unos instantes y luego se van. Estos pensamientos y sensaciones surgen en tu consciencia de este momento, y esa consciencia es muy simple, relajada y espontánea. Sin esfuerzo ni dificultad, eres un testigo de todo ello.

Así que observa: puedes ver flotar las nubes porque no eres esas nubes, eres quien las está mirando. Puedes sentir sensaciones corporales porque no eres esas sensaciones: eres el testigo de esas sensaciones. Puedes ver cómo flotan los pensamientos porque tú no eres esos pensamientos -sino un testigo de su presencia-. En forma natural y espontánea, todas estas cosas surgen, por sí solas, en tu darte cuenta presente, sin que medie esfuerzo de tu parte.

Y entonces, ¿quién eres tú? No eres los objetos de allá afuera, no eres las sensaciones, no eres los pensamientos -sin esfuerzo, eres un testigo de la presencia de todos éstos, de modo que no eres ellos. ¿Quién o qué eres tú?

Dilo de este modo para ti mismo: tengo sensaciones, pero no soy esas sensaciones. ¿Quién soy? Tengo pensamientos, pero no soy esos pensamientos. ¿Quién soy? Tengo deseos, pero no soy esos deseos. ¿Quién soy?

Así que retrocedes hacia la fuente de tu propia consciencia. Retrocedes hacia el Testigo, y descansas en el Testigo. No soy los objetos, no soy las sensaciones, no soy los deseos, no soy los pensamientos.

Pero entonces, por lo general las personas cometen un gran error. Creen que, si descansan en el Testigo, van a ver algo o sentir algo, algo realmente exquisito y especial. Pero no verás nada. Si ves algo, se tratará simplemente de otro objeto: otra sensación, otro pensamiento, otra sensación, otra imagen. Sin embargo, todos éstos son objetos: no eres ninguno de éstos.

No es así: mientras descansas en la realización del Testigo -no soy los objetos, no soy las sensaciones, no soy los pensamientos- todo lo que observarás es una sensación de libertad, una sensación de liberación, una sensación de alivio... alivio de la tremenda limitación que implica el identificarse con estas pequeñeces, pequeños objetos finitos, tu pequeño cuerpo, pequeña mente y pequeño ego, todos los cuales son objetos que pueden ser vistos y, por lo tanto, no son Aquél que ve, el verdadero Yo, el Testigo puro, aquél que realmente eres.

Así que no verás nada en especial. Lo que surja está bien. Las nubes flotan en el cielo, las sensaciones flotan en el cuerpo, los pensamientos flotan en la mente -y, sin esfuerzo, tú eres testigo de todo esto-. Todo esto surge espontáneamente y sin esfuerzo en tu consciencia presente. Y esta consciencia que es testigo no es, en sí, nada específico que puedas ver. Es, simplemente, una gigantesca sensación de libertad -o de vacío puro- en el trasfondo. Y en ese vacío puro -que es lo que eres- surge el mundo entero de lo manifiesto. Tú eres esa libertad, esa apertura, ese vacío -y no alguna de las cosas que surgen de allí-.

Descansando en ese atestiguar vacío, libre, fácil y carente de esfuerzo, observa que las nubes surgen en el amplio espacio de tu consciencia. Las nubes surgen en tu interior -tan así es que puedes saborear las nubes, eres uno con las nubes-. Es como si estuviesen a este lado de tu piel... están tan cerca. El cielo y tu consciencia se han vuelto uno solo, y todas las cosas en el cielo flotan sin esfuerzo a través de tu propia consciencia. Puedes besar al sol, tragarte la montaña... están así de cercanos. El Zen dice, “Tómate el Océano Pacífico de un solo trago”, y eso es lo más fácil de hacer cuando adentro y afuera ya no son dos, cuando sujeto y objeto no son dos, cuando el que mira y lo mirado son Un Solo Sabor Único. ¿Lo ves?

Ken Wilber

Friday, October 20, 2006

El Despertar de una Voz

“Un lapso de silencio” es el testimonio autobiográfico de la psicóloga Edna Mariela Rubio y su mamá, la Sra. Myrna Franco, acerca de un extraordinario periodo de la vida de ambas, en el cual para Edna transcurrieron alrededor de seis meses en estado de coma y después al menos un año en rehabilitación neuromotora.

Iniciado por la Sra. Myrna como un cuaderno de notas, una especie de diario durante la prolongada inconsciencia de su hija, el escrito es continuado muchos meses después por la mano de Edna en cuanto su condición física se lo permitió, y su progresiva reintegración a la vida normal planteó a Edna la necesidad de elaborar su propio discurso, acerca de una experiencia que la había privado de prácticamente medio año de su vida, dejándola sin recuerdo alguno al respecto y atrapada en una inmovilidad que habría de superar sólo después de meses de una lenta y dolorosa rehabilitación física.

La lectura de este testimonio fue para mí asomarme al angustioso trance de una madre luchando por la vida de su hija, en una lucha incansable para sortear la frustración ante los dictámenes médicos cargados de un pesimismo disfrazado de objetividad. Ahí donde creo que muchos otros hubiéramos “tirado la toalla”, rendidos ante la fachada monolítica del saber médico, la Sra. Franco relata su incesante búsqueda de opciones para su hija, actitud que el tiempo y los hechos demostraron que en vez de ser una terca negación de la realidad, muy por el contrario ahora podemos constatar como la natural respuesta del incondicional amor de una madre por su hija y de un poder más allá del raciocinio: la Fé.

El ejemplo de Edna y Myrna demuestran las capacidades humanas del amor y la fé para transformar las circunstancias más adversas en una oportunidad de superación y aprendizaje, revelando la profundidad del vínculo entre madre e hija y despertando en sus protagonistas amplias sensibilidades ante el dolor de los demás, junto con un intenso aprecio por la vida.

Ahora, en una nueva etapa de su existencia, Edna decide publicar su testimonio y el de su madre, haciendo uso de los poderes curativos del contar y compartir historias, empíricamente descubierto en el transcurso de construir una memoria de los acontecimientos.

Tan vieja como la humanidad misma y tan nueva como el creciente movimiento de terapias narrativas, que acaba de emerger en las últimas décadas como resultado de la aplicación de teorías posmodernistas a la salud mental, la narratividad se encuentra a la vanguardia tanto epistemológica como metodológica de todas las ciencias sociales, brindando un justo tributo hacia el papel que la literatura ha jugado en el desarrollo de los seres humanos, pues como escribió Marcel Proust: “Para reencontrar el tiempo hay que salirse del tiempo y entrar al de la literatura”

Esta acreditación de los abordajes narrativos, ha sido y es uno de los logros en la creación de alternativas de conocimiento, distintas a las preconizadas por el método científico tradicional, ya que el conocimiento generado por dicho método, crea realidades en las que es requisito indispensable la separación tajante entre el sujeto que conoce y el objeto conocido; las consecuencias de aplicar metodologías científicas tradicionales a las realidades humanas, son la división, el aislamiento y la incomunicación entre las personas.

Hay otras formas de hacer ciencia, enfocadas a respetar las características propias de las realidades humanas y precisamente una de ellas, la llamada Perspectiva de Género, heredera intelectual directa de los movimientos feministas, creo que aportará una de las lecturas más críticas de “Un lapso de silencio”. A continuación, citaré algunos extractos del artículo escrito por Roberto Castro y Mario Bronfman, titulado “Teoría Feminista y Sociología Médica: Bases para una Discusión”:

“Práctica médica

(…) las pacientes tienden a presentar sus casos relacionando sus síntomas con diversos aspectos de su vida diaria, así como con sus propias opiniones y creencias a propósito de lo que les pasa. Los médicos, por el contrario, entrenados bajo un modelo masculino de ciencia, que enfatiza la objetividad y la separación entre el sujeto que conoce y los objetos que son conocidos, tienden a dirigir autoritariamente la conversación en términos estrictamente clínicos, sin permitir que las mujeres se expresen como ellas lo desean. En ese marco, ellos deciden qué temas son apropiados y cuáles no para manejarse en el contexto de la entrevista. Esta relación jerárquica se agudiza en el caso de mujeres de color o de estratos sociales bajos. La autora propone que la explicación de fondo de este fenómeno -que incluye también a doctores y pacientes que actúan "de buena fe"- radica en los fundamentos epistemológicos de la visión del mundo que poseemos -visión permeada del discurso científico- que, con su sesgo masculino, fuerzan a los actores a dar por sentadas ciertas cosas, por ejemplo que el cometido fundamental de las mujeres es la reproducción, que desde una perspectiva racional y no emocional se logra un mejor entendimiento de las cosas; que con su entrenamiento clínico los médicos están mejor preparados para entender lo que las pacientes sienten y temen, de modo que ellos pueden incluso reinterpretar apropiadamente las explicaciones de ellas y decirles lo que en realidad sienten. Es una epistemología que asocia los conceptos de naturaleza, cuerpo, subjetividad, dominio privado, sentimientos, emociones y reproducción bajo la identidad genérica femenina, y los conceptos de cultura, mente, objetividad, dominio público, pensamiento, racionalidad y producción, bajo la identidad genérica masculina. Así, el mundo queda dividido entre el sujeto que conoce (científico, mente, masculino) y el objeto que es conocido (naturaleza, cuerpo, femenino). Esta epistemología adquiere concreción en los encuentros médicos que la autora analiza, y distingue el mundo natural del social. Confina el primero a las ciencias biológicas y médicas, y el segundo a las ciencias políticas y sociales. La reproducción humana es categorizada como un evento biológico, lo cual establece las bases para excluir los aspectos sociales en su tratamiento. Por ello, aunque la reproducción incluye tanto los aspectos biológicos como los sociales y emocionales de la mujer, los médicos se centran sólo en los primeros y desechan los segundos como irrelevantes o sobre los que resulta inapropiado hablar.


En esta misma línea de investigación, Fisher y Groce han estudiado la manera en que los estereotipos existentes en torno a la condición de la mujer emergen, en el transcurso de una entrevista médica, en detrimento de las pacientes mujeres (Fisher y Groce, 1985). Al analizar el interrogatorio que realizan los médicos, pueden apreciarse con claridad los supuestos a partir de los cuales los médicos abordan a las pacientes. Por ejemplo, en el caso de una mujer que se presenta con varias heridas porque acaba de caerse de una motocicleta, el médico pregunta también por el conductor, asumiendo que esta mujer, por ser mujer, iba en la parte de atrás de la motocicleta. El análisis muestra que el médico necesita reciclar varias veces la información que le da la paciente para finalmente comprender que se trata de un caso en el que sus supuestos no se cumplen, pues era la paciente la que iba manejando. Otros ejemplos muestran al médico con dificultades para asimilar la información de una paciente mujer, que señala que en su matrimonio ella no tiene relaciones sexuales con su pareja sin que ello signifique ningún problema (el médico asume que las mujeres deberían tener relaciones sexuales con sus esposos y que, en caso contrario, debería haber problemas en el matrimonio), o de otra mujer que dice contar con alto grado de tolerancia al dolor físico (el médico asume que las mujeres no aguantan mucho dolor). Las autoras muestran que el grado de adecuación de las pacientes a los supuestos culturales que maneja el médico se relaciona directamente con la calidad de la atención que reciben.


Otras investigaciones han explorado el tipo de interacción que tiene lugar cuando el médico es una mujer y el paciente un hombre. West ha demostrado que en estos casos los pacientes tienden a interrumpir a la doctora con mucha mayor frecuencia que cuando los papeles están invertidos, esto es, cuando el médico es un hombre y la paciente una mujer (West, 1984). La frecuencia de las interrupciones es considerada un indicador de la dinámica del poder que tiene lugar en la interacción entre dos personas (Derber, 1983) (…)”

La escalofriante pertinencia de la perspectiva de género, queda para mí confirmada cuando Edna averigua que nunca tuvo un tumor cerebral y que su estado comatoso se debió a una intervención quirúrgica fuera de lugar, hecha con dispositivos inadecuados y determinada por un estudio clínico malinterpretado.

Mario De La Cruz Arreola
Ensenada, B.C., a 20 de octubre de 2006

Monday, October 16, 2006

Ciencia y tecnología desde una perspectiva de género

(...)
El mito de la ciencia neutral
La médica feminista española Rosa María Medina propone un examen crítico de los artículos de divulgación de hallazgos, que ponga en evidencia las operaciones discursivas que producen un engañoso efecto de neutralidad. En primer lugar, la creciente búsqueda de coherencia normativizada y autorreferida de los artículos científicos –introducción, métodos, resultados, discusión y conclusiones- contribuye a esfumar una característica propia de todo texto: su doble condición de “hipertexto” que remite a muchos otros, y de “intertexto” cuyo significado es una construcción dialógica entre autor y lector. En segundo lugar, el afán de “objetividad científica” - tan caro al paradigma hegemónico- induce una modalidad expositiva impersonal que invisibiliza el carácter situado de sus protagonistas, describiendo relaciones entre objetos experimentales que parecen existir por sí mismos: “se estudió”, “se piensa que”, “la metodología empleada hizo ver ...”, etc. En tercer lugar, ciertos recursos gramaticales y semánticos ahondan la distancia retórica entre el sujeto activo que investiga y los dóciles objetos de laboratorio, despojando a la exposición de su carácter interpretativo: parece ser la naturaleza misma que se expresa a través de la investigación (es lo que la autora llama “el mito de la inmaculada percepción”)(10). En cuarto lugar, el uso y abuso de citaciones opera el milagro de trastocar los enunciados en “hechos científicos”: afirmaciones que parecen confirmadas por infinidad de artículos, se invisten así de una autoridad incuestionada. A modo de síntesis del argumento, “Los informes científicos no describen con fidelidad la práctica experimental de laboratorio, pues
no siguen la trayectoria temporal de la investigación y el curso de los acontecimientos. Los artículos científicos se reescriben siguiendo un relato más inductivo y, así, se reinscriben en los principios sostenidos por el método. Es decir, la actividad de los investigadores se redescribe adecuándola al método, de manera que la aplicación del método inductivo en el texto sustituye a su aplicación en la práctica” (Medina Domenéch 1999:117)

Este efecto de neutralidad racional, ascéptica y desocializada oficia a menudo de pantalla protectora al sexismo y la subestimación de las capacidades científicas de las mujeres, exacerbando los obstáculos que éstas encuentran en el ámbito académico. En 1992, la revista norteamericana Science publicaba las opiniones de un numeroso grupo de mujeres científicas entrevistadas. La percepción de los hombres –aceptada por muchas mujeres- es que ellas no tienen condiciones para el éxito científico, lo cual se traduce en inseguridad y baja autoestima. Características “típicamente masculinas” como el liderazgo y la agresividad son mal vistas cuando las exhibe una mujer. La mujer excesivamente “femenina” y preocupada por su apariencia es menospreciada, pero si su actitud es la contraria se la considera agresiva y desagradable.

Frecuentemente la decisión de ser madre es tomada como una falta de compromiso con la ciencia, y en consecuencia, un 38% de las químicas americanas permanecen solteras, frente al 18% de los químicos. La triple carga de científica, esposa y madre, grava pesadamente la productividad profesional de quienes la soportan. Si todavía hoy es un lugar común decir que “detrás de todo gran hombre hay siempre una gran mujer” que lo comprende y apoya, detrás de la mujer científica suele haber alguien absorbido por su propia actividad(11). Las científicas se sienten marginadas de los ámbitos de decisión constituídos por hombres, que resuelven sobre las orientaciones de la investigación, asignan tareas y recursos, deciden qué se publica. Ellas publican menos y lo hacen en revistas de menor categoría, lo que constituye al mismo tiempo la causa y el efecto de un menor status científico. En el caso de las Matemáticas, en los diez principales Departamentos de las Universidades americanas, frente a trescientos hombres jefes de equipo existen únicamente dos mujeres(12).

“El discurso científico continúa siendo androcéntrico, y esta situación perjudica tanto a las mujeres como a los hombres o a la propia ciencia. A las mujeres, porque les obliga a superar una serie de barreras, lo que se empieza a llamar la «barrera de cristal», empleando en ello unas energías y una inteligencia que deberían utilizarse en la creación científica. A los hombres, porque no serán auténticamente libres para vivir y para crear mientras esta libertad no sea compartida con las mujeres. A la ciencia, en fin, porque si rechaza a la mujer, rechaza también un conjunto de valores imprescindibles para la creación científica, una parte del patrimonio cultural de la humanidad. El progreso humano y científico se logrará mejor integrando a las mujeres en el eje principal de la cultura dominante” (Van den Eynde 1994)

En estas últimas décadas se abre paso una relectura de la historia de las ciencias desde una perspectiva que parte del género como una construcción social y que pone en evidencia el discurso androcéntrico manifestado en la teoría y práctica de las ciencias.

Ganan progresiva visibilidad los aportes de las mujeres al desarrollo científico, a menudo oscurecidos y aun directamente borrados de la memoria histórica. Se denuncian las barreras a la participación femenina como el principal factor causal d su débil presencia en ciencia y tecnología (Aguirre y Batthyány 2000). Los enfoques de género emergentes en la “segunda ola” del feminismo de los años ‘60 a los ’80, partían de la denuncia de la escasez de mujeres en las ciencias, para luego detenerse en el carácter androcéntrico del contenido de las ciencias y en los sesgos sexistas del lenguaje. Estos enfoques se orientaban de este modo hacia una revisión profunda de las relaciones entre ciencia y sociedad: “Ya no se trata únicamente de reformar las instituciones y de alfabetizar en ciencia y tecnología a las mujeres, sino de reformar la propia ciencia” (González García 1999:47). La asimetría profunda entre hombres y mujeres en el acceso a la producción, recursos y reconocimiento tecno -científico, no puede más que impactar fuertemente sobre la propia naturaleza de la actividad científica resultante. El análisis de la ciencia desde una perspectiva de género, por tanto, sólo puede ser “programáticamente asimétrico”, sesgo que se manifiesta en la selección temática (la construcción científica de los sexos en biología, psicología,etc.), en su carácter evaluativo (la identificación de preconceptos sexistas y androcéntricos en la actividad de investigación) y en la búsqueda propositiva de teorías alternativas al androcentrismo dominante (González García op.cit.). Ante la supuesta “neutralidad evaluativa” y el “principio de simetría”, ciertas científicas feministas reclaman un enfoque “evaluativo y por tanto asimétrico”, que emplee la investigación empírica para mostrar y cuestionar en las prácticas científicas corrientes, “las presuposiciones que subyacen a estados y prácticas de dominación y subordinación” (González García 1999:54)

Son numerosos los trabajos que emprenden este camino; una breve reseña de algunos de entre los que se encuentran disponibles en nuestro medio, bastará como indicativo.

Así por ejemplo Dolores Sánchez (1999), que propone un análisis del discurso médico contenido en el popular e influyente Tratado de Ginecología (Botella y Clavero, Edic. Díaz de Santos, Madrid 1993) de consulta corriente en las Facultades de Medicina españolas, cuyos términos no han cambiado sustantivamente en sucesivas reediciones desde los ’40. La autora pone en evidencia allí: i) una construcción semántica esencialista de la categoría “mujer” a través de la sinonimia aproblemática de los términos hembra, femineidad, materno, muchacha, mujer y reproductora; ii) una representación del cuerpo de las mujeres articulada exclusivamente en torno a la reproducción; iii) una permanente confusión entre las dimensiones anatómicas, fisiológicas y comportamentales de la sexualidad femenina; iv) una explicación del desarrollo somático y psicológico de una femineidad constituida para siempre en la pubertad, basada en las hormonas; v) la naturalización biologista del carácter activo e inductor del cromosoma masculino; vi) la existencia de una activa “glándula masculinizante” (testículo) frente a un desarrollo pasivo del ovario “en ausencia de inducción genética”.

Las españolas María José Barral e Isabel Delgado (respectivamente, médica y licenciada en Ciencias Biológicas) se ocupan también del examen crítico de las construcciones discursivas corrientes en las ciencias biomédicas. Estas investigadoras han hecho notar la falsa neutralidad de las comparaciones entre la especie humana y ciertas especies animales tendenciosamente elegidas para mostrar el carácter evolutivo de las diferencias entre hombres y mujeres. Este escamoteo puede llegar lejos, llegándose a eludir toda referencia a patrones de relación sexual en ciertos animales, notoriamente “inconvenientes” en la perspectiva androcéntrica13 que permea estos estudios. En el desarrollo central de su texto, Barral y Delgado cuestionan a fondo las ideas corrientes sobre la diferenciación sexual humana que aun hoy dominan en la enseñanza de las ciencias biológicas. Hasta hace bien poco tiempo, nadie discutía la tesis de que las diferencias fisiológicas entre mujeres y hombres era enteramente codificada por el llamado “par 23” de cromosomas, o “cromosomas sexuales”; el hecho de que los otros 22 pares de cromosomas que contienen el material genético en nuestra especie, son idénticos en ambos sexos, era exhibido como evidencia empírica contundente. El par 23 femenino presenta dos cromosomas idénticos “XX”, en tanto que en el par correspondiente masculino uno de estos cromosomas presenta un segmento distinto de su opuesto X: el célebre “Y” del par 23, que en el hombre se representa “XY”. Esta diferencia –que ya era visible con el viejo microscopio óptico llevaba a centrar la atención en estos genes impares del cromosoma Y a la hora de explicar la diferenciación sexual desplegada desde las primeras semanas del embrión humano. El razonamiento parecía científicamente irreprochable y al abrigo de cualquier sesgo sexista: si estos genes sólo se encontraban en el hombre, ergo debían ser responsables de todos los caracteres masculinos. De allí se seguía que sólo el gen Y podía tener un rol “activo” en la determinación del sexo, frente al rol “pasivo” del gen X: éste último lo poseen hombres y mujeres, por tanto debía ser sexualmente neutro. La existencia de una región cromosómica llamada “gen SRY”, responsable de la formación de los testículos y sólo presente en el cromosoma Y, parecía aportar una prueba definitiva para aquella proposición. Pero el desarrollo de nuevas técnicas de genética molecular en los ’80 puso en evidencia que en realidad el gen SRY se encontraba en una región del cromosoma Y de elevada homología con su opuesto X; en otras palabras, el cromosoma X –idéntico en hombres y mujeres- también contenía genes responsables de la diferenciación sexual masculina. En 1994, un equipo de genetistas italianos dirigidos por la investigadora Giovanna Camerino demostraba que la duplicación de cierta región del cromosoma X en un genoma XY (masculino), favorecía el desarrollo del ovario y la inhibición del testículo, dando lugar a... ¡una mujer “XY”! Distintas investigaciones aportaban otras evidencias favorables a la nueva tesis del papel activo del cromosoma X en la diferenciación sexual, y muy especialmente dos hallazgos de efecto demoledor para la vieja dicotomía simplificadora “XX-XY”: a) se identificaron genes del cromosoma X sin cuya intervención las hormonas masculinas (testosterona y dihidro-testosterona) no podrían ser funcionales; b) un gen localizado en el par 19 (no sexual, idéntico en hombres y mujeres) codifica una hormona masculina que inhibe el desarrollo del útero y de la vagina.

Otro aspecto significativo de esta cuestión, es la proposición de que el patrón genético sexual “XX-hembra, XY-macho” constituye el estadio superior de la escala evolutiva.

Hasta hace muy poco ésta era una afirmación banal que nadie cuestionaba, pero una descripción más cuidadosa de otros modos de determinación del sexo en el reino animal ha desautorizado la generalización de este modelo. Hay especies animales en cuyos individuos coexisten células masculinas y femeninas, otras se diferencian sexualmente por efecto de activadores ambientales (temperaturas, concentraciones diferentes de dióxido de carbono), etc. Pero aun entre las especies cuyo sexo se determina genéticamente, los patrones de codificación presentan una asombrosa diversidad. La evidencia empírica apunta de más en más a la intervención de los mismos genes en funciones múltiples, y viceversa, la regulación de una misma función por parte de genes muy alejados entre sí. A pesar de todos estos datos –señalan las autoras- la genética sigue fuertemente influida por los prejuicios sociales presentes en trabajos anteriores; esto es particularmente notorio en la llamada “genética del comportamiento” que sostiene que éstos son hereditarios y se transmiten sin cambios de generación en generación. Los herederos del movimiento “eugenista” de comienzos del siglo XX, sostienen el origen biológico de ciertas patologías sociales (alcoholismo, prostitución, criminalidad, pobreza...) y consecuentemente, la posibilidad de intervención –como en los animales- por vía de la manipulación de sus caracteres hereditarios(14).

Por último, estas investigadoras señalan que la cría humana nace con un cerebro más inmaduro respecto de los demás primates y mamíferos superiores, y su maduración se completa bajo influencia ambiental en los primeros años de vida posnatal. La enorme plasticidad del cerebro humano explica su capacidad de aprendizaje y adaptación a los entornos más diversos, de tal modo que la cultura actúa como un molde que asegura una alta conformidad del individuo al ambiente social en el que crece; esta conformidad socio-cultural, una vez firmemente establecida mediante los procesos de socialización, será percibida como si fuera la única “naturaleza humana”. Los individuos de la especie humana somos únicos, seguimos un itinerario singular de adaptaciones sin mediación genética alguna; pero las nuevas adquisiciones adaptativas pueden transmitirse hereditariamente. Ejemplo de esto, es el gen que codifica la enzima capaz de metabolizar el alcohol; este gen se encuentra presente en el 99 % de la población occidental, y no llega al 50 % en la población asiática. La única explicación viable de esta notable diferencia, es la impronta histórico-cultural de altos estándares de consumo de alcohol incorporados a los hábitos sociales milenarios de las civilizaciones occidentales. Otro caso es la incidencia del desarrollo del lenguaje en el cambio de posición de la laringe; en la infancia, ésta ocupa una posición alta en el cuello (frente a las tres primeras vértebras cervicales); en el adulto desciende hasta la zona ubicada entre la cuarta y la séptima cervical, desplazamiento que amplía la gama posible de sonidos producidos con la contracción de las cuerdas vocales.

Esta evolución es muy reciente: no tiene más de 300.000 años; en los primates y delfines, la laringe ocupa la misma posición que en el pequeño humano. Concluyen las autoras: “Las investigaciones científicas nos permiten adentrarnos en el conocimiento de esta diversidad, pero para ello es necesario dar a las investigaciones un nuevo enfoque, que las libere de los sesgos androcéntricos y antropocéntricos que han hecho que hasta ahora, en su mayoría, vinieran a confirmar y rubricar científicamente los estereotipos sociales en relación con los sexos” (Barral y Delgado 1999:153)


Esta búsqueda “hacia atrás” de la huella socio -cultural en la fisiología humana se revela muy productiva. De más en más, se percibe que “...la biología del cuerpo es alterada significativamente por los diversos estímulos socio -culturales del ambiente”, con lo que pierde asidero la vieja noción decimonónica de géneros “fatalmente” determinados por la biología.

Consecuentemente, ha ganado legitimidad la perspectiva de la “enculturación” y la educación como responsables de la introyección de “lo ‘femenino’ y lo ‘masculino’, las conductas esperadas de rol, y las demandas sociales al respecto” (Porzecanski 1998:50).

Otro importante vector de estudios de género en las ciencias biomédicas se ha ocupado de la deconstrucción del discurso médico psiquiátrico y psicológico sobre los sexos. El discurso médico sobre la “naturaleza femenina” cristaliza en los siglos XVIII y XIX en una narrativa que construye una mujer “frágil, emotiva, dependiente, sexualmente pasiva y destinada a la maternidad”. El discurso sobre la pasividad de las mujeres es una laboriosa construcción ambientada en la exaltación del pudor y la preservación de la ignorancia femenina que garantiza una inocencia elevada a la categoría de virtud suprema. En ese contexto deben verse las campañas “médicohigienistas” del siglo XIX que recomiendan a las madres las listas de alimentos a evitar por sus propiedades afrodisíacas, desaconsejan a las mujeres la lectura de novelas, censuran la asistencia al teatro y el gusto por la “música voluptuosa”, todas éstas orientaciones conducentes a asegurar el recato (Fernández 1993:83-88). La psiquiatría decimonónica desempeña un rol central en la construcción de una ideología sexista erigida en justificativo científico de la subordinación femenina.

Numerosos textos médicos clasifican a las mujeres en los tramos inferiores de la escala evolutiva, asimilable a lo primitivo e infantil. Se trata por otra parte de nociones corrientes en la intelectualidad de la época; así el influyente estudio sobre la psicología de las multitudes publicado en 1895 por Gustave Le Bon, donde sostiene que “la impulsividad, la irritabilidad, la incapacidad para razonar, la ausencia de juicio y de espíritu crítico, la exageración de los sentimientos” son observables en “formas inferiores de evolución, tales como la mujer, el salvaje y el niño” (Le Bon 1978:40).

Estas son las bases para la elaboración de un estereotipo dualista que atribuye a la mujer componentes psicológicos y actitudinales tales como el afecto, la sensibilidad, dulzura, intuición, pasividad y abnegación, frente a un varón “naturalmente” inclinado al raciocinio, la reflexión, capacidad de análisis, rendimiento intelectual y creatividad.

De allí se sigue que la mujer es más propensa a estados de desequilibrio mental, ya que la sugestionabilidad y la emotividad -esencialmente “femeninas”- constituyen terreno fértil para la aparición de fobias, histerias, psicosis, etc. La tipificación de la histeria como una patología propiamente femenina es uno de los productos decantados de este discurso.

Detengámonos un momento en la feminización de la histeria, noción que ha probado una asombrosa resistencia al paso del tiempo. En una edición del Diccionario Enciclopédico Salvat vieja de 40 años, se define el concepto en los siguientes términos: “Enfermedad nerviosa, crónica, más frecuente en la mujer que en el hombre (...) La causa verdadera del histerismo se ignora y en el transcurso del tiempo se ha 18 achacado a trasplante del útero a distintos lugares del cuerpo (...) El tratamiento es dificilísimo; se recomiendan la permanencia en el campo, los deportes, la hidroterapia, la electricidad, y sobre todo la psicoterapia” (Diccionario Enciclopédico Salvat t.6, 1962:835).

Convengamos en que se trata de una apreciación subidamente conservadora, en parte atribuíble al contexto socio -cultural y religioso tradicional de la España franquista y la influencia del flamante Opus Dei fundado por Escrivà de Balaguer apenas unos años antes. En aras de descontar dicho sesgo, consultemos la modernísima Enciclopedia digital Encarta 2000. Allí se ilustra el concepto con un incidente de “histeria colectiva” protagonizado por un grupo escolar estadounidense en 1977, cuyos miembros experimentaron “dolores de cabeza, náuseas, vértigos y desfallecimientos tras un acontecimiento deportivo”. Luego de señalar que los investigadores concluyeron que “había sido la reacción al calor de algunos miembros de la banda que se había extendido, por sugestión, a otros miembros”, podemos leer:

“No obstante, hay que tener en cuenta que tal conclusión pudo deberse a que los miembros de la banda eran mujeres, sexo al que se solía relacionar con esta enfermedad”. Se agrega más adelante que la histeria ha sido “...clásicamente definida como trastorno propio de las mujeres. Desde el punto de vista de la etimología es una enfermedad ligada a este sexo, que ya los antiguos griegos definieron para referirse a la inestabilidad y movilidad de los síntomas físicos y a los accesos de desequilibrio emocional propios de las mujeres, según la teoría de que el útero se situaba en posiciones distintas (en griego, útero es hystera)”. Sigue un breve comentario de las ideas de Charcot y la teoría freudiana que remite al conflicto inconsciente y los deseos reprimidos, para concluir que ello “...no impidió que [la histeria] siguiera asociada a género femenino, siendo muy poco frecuente que a un hombre le diagnosticaran esta enfermedad”. El lenguaje cuidado del artículo lo reviste de una prudente neutralidad, y hasta parece insinuarse cierta distancia crítica: “no obstante, hay que tener en cuenta...”, etc. Pero esta asepsia sintáctica debe examinarse más de cerca. En primer lugar, nótese que no se esboza siquiera una sospecha de prejuicio o sesgo sexista:

¿porqué, por ejemplo, los investigadores de marras deberían seguir influidos en 1977 por ideas viejas de un siglo? Por otra parte, ¿porqué resulta tan significativo para el autor del artículo que “los miembros de la banda” fueran en realidad mujeres? Y también, ¿porqué la histeria permanece “asociada al género femenino”? Finalmente, nótese la ambigüedad de la proposición “Desde el punto de vista de la etimología es una enfermedad ligada a este sexo”: la etimología no produce “puntos de vista”, sino que establece “el origen y evolución de las palabras” (Encarta dixit); este trastocamiento semántico, insignificante por sí mismo, inviste a aquella frase de un sospechoso sesgo fáctico o afirmativo. En palabras de una investigadora en filología románica:

“Evidentemente, los diccionarios deben recoger todo cuanto diga la gente, por racista que sea, por sexista o misógino que sea, por clasista que sea, por insultante que sea, ya que para este menester, para situar lo que se dice en su justo lugar están las notas pragmáticas que tienen la virtud de relacionar a quien habla con las circunstancias de la comunicación. Otra cosa muy distinta es lo que lexicógrafas y lexicógrafos añadan de su subjetividad e ideología cuando redactan distintos artículos” (Lledó Cunill 2003:12)

Pero retomemos el concepto de histeria. Para el eminente médico francés Jean Martin Charcot (1825-1893), maestro de Sigmund Freud –quien por otra parte se hizo eco de muchas de sus ideas- el ovario es la zona histerógena por definición. A finales del siglo XIX florecen las publicaciones médicas y psiquiátricas con hallazgos, verificaciones empíricas y registros estadísticos que componen cuadros explicativos de más en más osados y precisos de las patologías “femeninas”. Se asocia la menstruación a la neurastenia, la histeria y las fobias en general; se “demuestra” que el embarazo induce comportamientos cleptómanos e infantiles y aumenta la probabilidad de cuadros epilépticos; se establece que la menopausia es causante de psicosis melancólicas y del mal de Parkinson...

“Así, procesos fisiológicos como la menstruación, la gestación, el puerperio y la menopausia podían coadyuvar al desarrollo de la locura cuando el terreno estaba preparado. Esta relación era consecuencia de la asimilación que los frenopatólogos o psiquiatras venían haciendo, desde finales del siglo XIX, de las teorías médicas que explicaban la aparición de determinadas patologías en las mujeres” (Jiménez y Ruiz 1999)

Las historias clínicas de fines del siglo XIX e inicios del XX registran “psicosis puerperales” que desaparecen luego de una intervención quirúrgica en el aparato genital de la paciente, casos en que la “melancolía” constatada se esfuma sin dejar huella tras la operación de un quiste de ovario, la generalización de la ovariotomía como tratamiento de enfermedades mentales así como la aplicación de choques eléctricos para intervenir en cuadros de histeria. Pero la observación clínica no siempre parecía confirmar estas presunciones; sucedía que a menudo, los síntomas de estas enfermedades eran observables en varones. La línea explicativa dominante obligaba a buscar los factores patógenos en la diferenciación sexual, y estos casos “atípicos” debían ser explicados en coherencia con aquella racionalidad hegemónica; así lo reclamaba el rigor científico exhibido por el ufano positivismo de la época. La literatura consultada por estas investigadoras muestra la segura eficacia del patrón explicativo de estas patologías, anclado en la discriminación y estigmatización del “sexo débil”. Es así que aquellos síntomas observados en hombres, eran atribuidos a desencadenantes exógenos tales como el cansancio físico o mental, infecciones, excesos sexuales, el extrañamiento del país, y un largo etcétera desprovisto de cualquier remisión a la fisiología “masculina”. ¿Y los varones histéricos? Pues ... sólo podían explicarse como desviaciones del patrón masculino saludable: eran “extravagantes” o de constitución física débil, en otros casos se echaba mano a testimonios familiares que los describían como “raros” desde la infancia, etc. En suma, el cuadro de excepción en que era inscrito el sufriente, determinaba que no se lo considerara un “hombre normal”; el arquetipo masculino dominante salía airoso de la prueba, permaneciendo tan fuerte y persuasivo como siempre. Notemos, finalmente, que la correlación acrítica entre enfermedad mental y género se evidencia en el hecho de que “...mientras conductas en extremo agresivas desarrolladas por un varón no daban lugar a, ni siquiera, la sospecha de una alteración mental, las respuestas defensivas de una mujer eran patologizadas” (Jiménez y Ruiz 1999:200).
Saber médico
Como quedó claro en el apartado anterior, el estudio de los determinantes de la salud no puede hacerse al margen del análisis de la forma en que los conceptos de salud y enfermedad son construidos socialmente. Es en el análisis del saber médico donde la capacidad analítica de la teoría feminista resulta más prometedora, toda vez que dichos análisis tienden a desenmascarar el papel que la ideología y el conocimiento juegan en la creación y recreación de las estructuras de dominación que oprimen a las mujeres. Así por ejemplo, Oakley ha analizado el proceso histórico a través del cual el embarazo y el parto dejaron de ser una forma común de conducta social para constituirse en fenómenos médicos. De acuerdo a la autora, en el transcurso de los últimos ochenta años el embarazo y el parto fueron gradualmente definidos como un fenómeno biológico, lo cual a su vez creó las condiciones para justificar el dominio médico en este campo (Oakley, 1984).
Treichler ha estudiado el significado del parto en el discurso norteamericano actual. La autora sostiene que no es posible mirar a través del discurso para determiner lo que es realmente un parto "porque es el discurso mismo el lugar donde tal determinación está inscrita" (Treichler, 1990: 132). La autora señala que en el discurso médico norteamericano el parto es definido como un evento en el que el papel activo es jugado por los médicos obstetras, y el pasivo por la mujer que pare. Por ejemplo, algunos diccionarios médicos definen el parto como "la completa expulsión o extracción de la madre, de un feto que pese 500 gramos o más" (Treichler, 1990: 117). De acuerdo a la autora, este tipo de definiciones implícitamente incluyen la presencia de un médico, tal como la palabra extracción lo supone. En otras palabras, un conjunto de eventos, como el parto, otrora del dominio propio de la mujer, ha sido expropiado y redefinido por la ciencia médica masculina, con implicaciones directas en la manera en que las mujeres de hoy interpretan y viven estos fenómenos.
Siguiendo el dictum de Thomas, Rothman ha señalado que "si las situaciones definidas como reales son reales en sus consecuencias, entonces aquellos que definen, controlan" (Rothman, 1978: 124). La autora ilustra esta aserción mostrando cómo el discurso médico define el parto como algo en lo que los médicos son los principales actores: así se explica que ellos presentan el bebé recién nacido a la madre. De la misma manera, aunque una mujer puede sospechar que está embarazada, no es sino hasta que tiene lugar una evaluación médica que esta sospecha puede verificarse. Algo semejante ocurre con el trabajo de parto y, en general, con todo el proceso de la reproducción humana. La autora señala que la medicina masculina considers que una mujer, en trabajo de parto, está bajo control si es capaz de reprimir sus sentimientos y dolores durante esa etapa. Por el contrario, si una mujer decide enfrentar el trabajo de parto con llanto y gritos, pierde por completo su derecho a ser tomada en cuenta para las decisiones que haya que tomar, pues se le considera fuera de control. Se trata, obviamente, de una definición masculina del concepto de control que es impuesta a las mujeres en estas circunstancias.
Por otra parte, Martin ha analizado el sesgo masculino que prevalece en los textos de medicina, en particular respecto a la manera aparentemente "objetiva" y "científica" con que es abordado el tema de la reproducción humana (Martin, 1987). Tales textos se encuentran en realidad repletos de metáforas ideológicas que cumplen la función de perpetuar una manera masculina de mirar el mundo, el cuerpo hurnano y el proceso de reproducción. Por ejemplo, en tales textos, el cuerpo femenino es descrito como un sistema burocrático de control organizado jerárquicamente, lo cual tiene implicaciones directas en la forma en que diversas funciones son percibidas. Así, la menopausia es entendida como una falla general del sistema central, a consecuencia de la cual los ovarios "dejan de responder" y el hipotálamo comienza a "dar órdenes inapropiadas". El cuerpo femenino es percibido como un organismo orientado fundamentalmente hacia la reproducción. Por ello, la ovulación es descrita como un proceso en el que todos los cambios del organismo tienen lugar con miras a preparar el ambiente adecuado para la fertilización del óvulo. Martin señala que esta descripción teleológica del organismo femenino tiene consecuencias directas en la manera en que es percibida la menstruación. Esta es descrita como un propósito fracasado, como un proceso de construcción malogrado. Y cita diversos textos de medicina actuales en los que el lector encuentra que la menstruación es descrita con términos negativos: "degeneración" del corpus luteum, "declinación" de los niveles de estrógenos y progesterona, "suspensión" de los efectos estimulantes de aquellas hormonas, "espasmos" de los vasos sanguíneos del endometrio, "degeneración" del endometrio como consecuencia de la "carencia" de irrigación sanguínea, "debilitamiento" de los vasos capilares, que resulta en una "fuga o escurrimiento" de la sangre, y "descarga" de la misma (Martin, 1987: 47). Frente a estas descripciones, la autora contrasta los términos con que se describe la espermatogénesis: se trata de un proceso "extraordinario", "sorprendente", de magníficas" proporciones. Martin señala que no existen términos neutrales en los textos científicos, y que este tipo de análisis muestra la valoración diferencial -hecha desde una perspectiva patriarcal- que subyace al discurso médico científico contemporáneo.
Junto a la crítica del discurso patriarcal, desde la perspectiva feminista se ha impulsado toda una línea de investigación tendiente a rescatar otros saberes, otras formas alternativas de pensar y vivir los fenómenos de la salud y la enfermedad. Este esfuerzo incluye un cuestionamiento al énfasis que nuestra cultura pone en la observación, en lo que se puede ver, y un impulso a lo que se puede oír, a la facultad de escuchar como modo privilegiado de percepción (Martin, 1990: 69). En este sentido, Valdés ha estudiado las construcciones significativas que realizan las mujeres en relación a los diversos aspectos de la reproducción humana (Valdés, 1988). De acuerdo a la autora, "ser madre" y "ser dueña de casa" son formas de identidad social que brindan mayores espacios de poder frente a los hombres. "Ser esposa", por el contrario, supone una relación de sometimiento ante ellos. La alta fecundidad que se observa en muchas mujeres se asocia con las reducidas opciones de acción de que disponen las mujeres en tanto madres. Sin embargo, sometidas como están a una doble dominación (patriarcal y de clase), las mujeres tienden a reproducer las mismas relaciones sociales que las oprimen, generando en sus hijas "el mismo ciclo que ellas vivieron y que muchas rechazan: necesitan que sirvan de dueñas de casa y que cuiden a los hermanos menores cuando salen a trabajar" (Valdés, 1988: 287). Mediante la construcción de varios "tipos ideales", la autora explora la multiplicidad de construcciones significativas con que las mujeres explican los papeles que les son impuestos socialmente. Estas construcciones de sentido sirven también para cambiar sus proyectos de comportamiento reproductivo, que con frecuencia deben efectuar como consecuencia de las condiciones objetivas de vida con que cuentan (de pobreza y desamparo). En suma, Valdés ha mostrado la pertinencia de este tipo de investigaciones para el estudio, tanto de las experiencias vividas por los actores sociales (en este caso las mujeres) en relación con ciertos temas significativos (en este caso la reproducción humana), como la interpretación que ellas mismas proveen respecto de tales vivencias (véase también Ramos, 1983).

Práctica médica
Desde una perspectiva feminista, también se ha producido una cantidad significativa de literatura dentro del campo de la práctica médica. Tood, por ejemplo, ha investigado el tipo de interacción cara-a-cara que tiene lugar entre doctores (generalmente hombres) y pacientes mujeres que acuden a consulta ginecológica o de planificación familiar (Tood, 1989). La autora se propone analizar esa interacción en su relación con la estructura social más general que enmarca dichos encuentros. De acuerdo a sus observaciones, las pacientes tienden a presenter sus casos relacionando sus síntomas con diversos aspectos de su vida diaria, así como con sus propias opiniones y creencias a propósito de lo que les pasa. Los médicos, por el contrario, entrenados bajo un modelo masculino de ciencia, que enfatiza la objetividad y la separación entre el sujeto que conoce y los objetos que son conocidos, tienden a dirigir autoritariamente la conversación en términos estrictamente clínicos, sin permitir que las mujeres se expresen como ellas lo desean. En ese marco, ellos deciden qué temas son apropiados y cuáles no para manejarse en el contexto de la entrevista. Esta relación jerárquica se agudiza en el caso de mujeres de color o de estratos sociales bajos. La autora propone que la explicación de fondo de este fenómeno -que incluye también a doctores y pacientes que actúan "de buena fe"- radica en los fundamentos epistemológicos de la visión del mundo que poseemos -visión permeada del discurso científico- que, con su sesgo masculino, fuerzan a los actores a dar por sentadas ciertas cosas, por ejemplo que el cometido fundamental de las mujeres es la reproducción, que desde una perspectiva racional y no emocional se logra un mejor entendimiento de las cosas; que con su entrenamiento clínico los médicos están mejor preparados para entender lo que las pacientes sienten y temen, de modo que ellos pueden incluso reinterpretar apropiadamente las explicaciones de ellas y decirles lo que en realidad sienten. Es una epistemología que asocia los conceptos de naturaleza, cuerpo, subjetividad, dominio privado, sentimientos, emociones y reproducción bajo la identidad genérica femenina, y los conceptos de cultura, mente, objetividad, dominio público, pensamiento, racionalidad y producción, bajo la identidad genérica masculina. Así, el mundo queda dividido entre el sujeto que conoce (científico, mente, masculino) y el objeto que es conocido (naturaleza, cuerpo, femenino). Esta epistemología adquiere concreción en los encuentros médicos que la autora analiza, y distingue el mundo natural del social. Confina el primero a las ciencias biológicas y médicas, y el segundo a las ciencias políticas y sociales. La reproducción humana es categorizada como un evento biológico, lo cual establece las bases para excluir los aspectos sociales en su tratamiento. Por ello, aunque la reproducción incluye tanto los aspectos biológicos como los sociales y emocionales de la mujer, los médicos se centran sólo en los primeros y desechan los segundos como irrelevantes o sobre los que resulta inapropiado hablar.
En esta misma línea de investigación, Fisher y Groce han estudiado la manera en que los estereotipos existentes en torno a la condición de la mujer emergen, en el transcurso de una entrevista médica, en detrimento de las pacientes mujeres (Fisher y Groce, 1985). Al analizar el interrogatorio que realizan los médicos, pueden apreciarse con claridad los supuestos a partir de los cuales los médicos abordan a las pacientes. Por ejemplo, en el caso de una mujer que se presenta con varias heridas porque acaba de caerse de una motocicleta, el médico pregunta también por el conductor, asumiendo que esta mujer, por ser mujer, iba en la parte de atrás de la motocicleta. El análisis muestra que el médico necesita reciclar varias veces la información que le da la paciente para finalmente comprender que se trata de un caso en el que sus supuestos no se cumplen, pues era la paciente la que iba manejando. Otros ejemplos muestran al médico con dificultades para asimilar la información de una paciente mujer, que señala que en su matrimonio ella no tiene relaciones sexuales con su pareja sin que ello signifique ningún problema (el médico asume que las mujeres deberían tener relaciones sexuales con sus esposos y que, en caso contrario, debería haber problemas en el matrimonio), o de otra mujer que dice contar con alto grado de tolerancia al dolor físico (el médico asume que las mujeres no aguantan mucho dolor). Las autoras muestran que el grado de adecuación de las pacientes a los supuestos culturales que maneja el médico se relaciona directamente con la calidad de la atención que reciben.
Otras investigaciones han explorado el tipo de interacción que tiene lugar cuando el médico es una mujer y el paciente un hombre. West ha demostrado que en estos casos los pacientes tienden a interrumpir a la doctora con mucha mayor frecuencia que cuando los papeles están invertidos, esto es, cuando el médico es un hombre y la paciente una mujer (West, 1984). La frecuencia de las interrupciones es considerada un indicador de la dinámica del poder que tiene lugar en la interacción entre dos personas (Derber, 1983). Tanto Fisher y Groce como West, retoman el concepto de master status, que se refiere al estatus dominante de una persona, estatus que tiende a supeditar bajo sí mismo cualquier otra característica de los individuos (Hughes, 1971: 147). Las autoras concluyen que en los encuentros médicos mixtos (es decir, en donde los actores son de diferente sexo), el master status de las mujeres (sean médicos o pacientes) es su condición de mujer, mientras que el de los hombres es su condición de médicos o de pacientes, según el papel que jueguen. Se trata de una asimetría fundamental que explica muchas de las características concretas de los encuentros médicos.
Otras investigaciones feministas dentro de este campo se han concentrado en las profesiones de la salud. En algunos casos, el objetivo ha sido ilustrar cómo también dentro de las profesiones el lugar de la "otredad" ha sido asignado a las mujeres. El concepto de "otredad" ha sido propuesto para referir el hecho de que en la sociedad contemporánea la realidad se juzga desde una perspectiva que presupone un punto de vista occidental (europeo), masculino y de raza blanca. Lo "otro" es todo aquello que no pertenece a dicho punto de vista, que en consecuencia no se da por sentado, y que hay que nombrar. Así, se habla de la medicina para referirse a la medicina moderna, y de otras medicinas, o de medicinas alternativas para referirse a las prácticas médicas que son diferentes de la medicina moderna. De igual modo, la profesionalización de la medicina ha significado, entre otras cosas, el monopolio masculino de la misma (Hearn, 1982; Roberts, 1981). Cuando se habla de profesionales médicos, se asume que se habla de médicos-hombres. Si este supuesto no se cumple, es necesario especificar que se habla de médicas-mujeres. Las "otras", las diferentes a lo implicado en el punto de vista normalmente asumido son las mujeres. Simultáneamente, las ocupaciones dominadas por mujeres (como la enfermería y la partería) han sido definidas como "semiprofesionales", esto es, han sido definidas como "otras" ocupaciones, -diferentes de la profesión médica, que se asume masculina, y se utiliza como punto de vista para definir a las demás-, o han sido descalificadas como "brujería" (Storch y Stinson, 1988; Crompton, 1987; Ehrenreich y English, 1976). En otros casos, se ha argumentado que la creciente conciencia feminista ha influido, por lo menos parcialmente, en la composición por sexos de las profesiones relacionadas con la salud pública y la educación para la salud (Kronenfeld, 1988).
Por último, la educación para la salud constituye uno de los campos donde se ha dado mayor activismo feminista. Durante los últimos años se han multiplicado los grupos de mujeres que se reúnen para discutir -en los términos de sus propias interpretaciones- sus vivencias relacionadas con la salud y la enfermedad. Sin embargo, poco se ha documentado académicamente sobre los avances y logros de estos grupos, sobre todo en términos del nuevo conocimiento feminista eventualmente producido a través de esos encuentros (Cardaci, 1989).
Teoría Feminista y Sociología Médica: Bases para una Discusión
Comparación del discurso académico y el discurso literario

Es bastante obvio que el discurso factual en general, y académico en particular, es distinto del literario pues las condiciones de su producción material están determinadas por un mercado de conocimientos fuertemente reglamentado, mientras que el discurso literario se disgrega en una cantidad enorme de circuitos culturales y económicos paralelos. Si el desarrollo histórico del discurso literario está dominado por el principio de renovación y conservación constante, el del discurso académico es predominantemente conservador. Esto quiere decir que los esquemas discursivos académicos permanecen más o menos iguales a lo largo de las décadas, no así los esquemas discursivos literarios. Por otra parte, el discurso literario puede usar y transgredir esquemas discursivos no ficcionales fácilmente, pero no el discurso académico. Este, más bien, proporciona esquemas discursivos que pueden ser usados con fines extra-académicos. Estas diferencias no alcanzan a borrar el hecho de que ambos tipos de discurso tienen un carácter retórico que proviene de la necesidad de ser verosímiles y de persuadir, aún cuando la persuasión tenga distintos móviles.
Discurso académico
En contraposición a los discursos literarios podemos considerar a los discursos académicos. Estos se caracterizan por su aplicabilidad en el mundo real. Los discursos académicos son transitivos pues hablan de diversos aspectos de una realidad circundante a la que examinan minuciosamente. A diferencia de los discursos literarios su esquema discursivo es rígido y conservador pues su finalidad es mostrar interpretaciones alternativas del mundo construidas de acuerdo a las normas de procedimientos aceptadas en los medios académicos del mundo. Aunque ni un discurso hablado ni uno escrito son iguales a una demostración lógico-formal, se considera deseable que el discurso académico no sólo busque la justeza y consistencia lógica de la demostración, sino también que se estructure en función de la intención persuasiva del autor; es decir, de la argumentación.
El discurso académico se encuentra pues en el marco de la actividad académica orientada a la transmisión y producción de conocimientos. Su elaboración requiere de la revisión del conocimiento previo, es decir, de las fuentes bibliográficas. Luego, se hace un análisis concienzudo del objeto examinado que ha de dar lugar a la elaboración de una hipótesis. El escritor académico derivará las consecuencias lógicas de esa conjetura inicial, lo que dará como resultado una teoría. Finalmente, la teoría habrá de pasar por un procedimiento de validación que consiste en la contrastación de la teoría con los datos obtenidos mediante pruebas de campo o experimentación de laboratorio. Es decir, el discurso académico define un objeto, elabora un método para examinarlo, construye una teoría que explica el funcionamiento del objeto y comprueba la validez de la teoría. Esto no quiere decir que todos los discursos académicos tengan cuatro partes pues la complejidad de los objetos obliga a examinarlos parcialmente o a escribir pequeños reportes sobre aspectos parciales del desarrollo del proyecto científico, por ejemplo, reportes sobre puntos meramente metodológicos, disquisiciones terminológicas necesarias para continuar el proyecto científico mayor, o problemas de orden lógico inherentes al desarrollo de toda teoría formal.
Sin embargo, sea que el académico decida emprender la publicación de una teoría completa, sea que publique un reporte de resultados de un experimento secundario, deberá convencer al lector académico de la validez de la posición adoptada. Así pues, la persuasión se produce siempre en los discursos técnicos, matemáticos, jurídicos o físicos. Este aspecto retórico del discurso académico es esencial pues de lo contrario el discurso no sería comprendido por la comunidad académica y no seria aceptado. Por ejemplo, un discurso académico debe estar exento de ambigüedades y esto es posible mediante el uso de un lenguaje formal y de una terminología especializada y unívoca

Sunday, October 08, 2006

Cartografías del Yo. Escritura autobiográfica y modernidad en Centroamerica, del Modernismo al Testimonio.
Del testimonio a la autobiografía.
Aproximación a Aquí no ha pasado nada (1972), de Ángela Zago
por Adlin de Jesús Prieto Rodríguez
Historia y ficción en las memorias y autobiografías nicaragüenses
¿Testimonio o Ficción? Actitudes Académicas

Saturday, October 07, 2006

Articulo donde se establecen algunas diferencias, similitudes y coincidencias entre novela, autobiografia y testimonio.
Notas sobre Literatura Testimonial:

"(...) Sin embargo, la literaturizacion tiene limitaciones en su capacidad de re-presentar el pasado. Una caracteristica de las narraciones de memorias traumáticas es la tendencia contradictoria de su autor a preservar en ellas la discontinuidad que les da su carácter violento. El autor testimonial aspira a la imposible labor de representar el sentido de discontinuidad y desorientación de los eventos traumáticos y, simultáneamente, de imponerles continuidad y significado. Esta creacion de un discurso testimonial coherente le es permitida por la autoridad que le confiere haber sido testigo presencial y, al mismo tiempo, le es exigida para que su testimonio sea considerado autorizado (...)"
Young, James. Writing and Rewriting the Holocaust: Narrative and the Consequence of Interpretation. Bloomington: Indiana UP, 1988.

"(...) Un interesante efecto al hacer literatura del propio cautiverio es el valor terapeútico resultante de procesar memorias personales en formas literarias. La utilizacion consciente de generos literarios y sus ricas convenciones ofrece inacabables oportunidades para atribuir significado a las memorias de eventos traumaticos. Los eventos pasados, minimamente estructurados en la memoria, tienen que ordenarse para ser narrados, ya que toda narracion exige un contenido organizado conforme a una serie de reglas de coherencia interna (Linde 12). La literatura, que segun Frye es un aspecto creativo de la compulsion humana frente al caos (31), permite organizar y atribuir sentido a las memorias traumaticas, que entran a formar parte del continuum cultural de significados al ser literaturizadas (Young 15-16). Sin embargo, el significado sobre el que se estructura la narracion existe solo dentro de los codigos del sistema de valores compartido por el narrador y su publico, la sociedad a la que se reincorpora (Gruner 151).

citados en http://www.h-net.msu.edu/~cervantes/csa/artics00/fernande.pdf#search=

Thursday, September 21, 2006

Materialismo Dialéctico y Teoría Del Caos: Analogías
articulo en IndyMedia

Pactar con el caos significaría no dominarlo sino ser participantes creativos.

Más allá de nuestros intentos por controlar y definir la realidad se extiende el infinito reino de la sutileza y la ambigüedad, mediante el cual nos podemos abrir a dimensiones creativas que vuelven más profundas y armoniosas nuestras vidas.

El tiempo es un fractal (...)

Según la teoría del caos los sistemas tienden a autoorganizarse, preservando su equilibrio interno al tiempo que retienen una cierta medida de apertura al mundo externo. Algo semejante sucede con el tiempo: cada elemento de un sistema posee su propia medida singular de la magnitud del proceso interior que se está desarrollando respecto al entorno exterior. Sin embargo los "relojes" internos de todos los sistemas más pequeños se acompasan perfectamente. Esta conexión con el entorno de sistemas que tienen su propia medida temporal enriquece el tiempo y lo llena de dimensiones.

En vez de hacernos la pregunta de cuánto tiempo tenemos, podemos hacernos la pregunta ¿Qué tiempo tiene significado para nosotros? No necesitamos más tiempo, sino un tiempo más pleno, no lleno en el sentido de haber hecho un montón de cosas, sino el sentido de comprometernos con la actividad que desarrollemos.

(...) no será también la sociedad un fractal más, inserto en un conjunto infinito de fractales, y que a su vez, contiene infinitas combinaciones fractales dentro de ella ? La respuesta dialéctica es: si la sociedad está compuesta de variables, y las variables logran la estabilidad del caos en la naturaleza, y la naturaleza original del hombre es, lo que los antropólogos del siglo XIX denominaron "comunismo primitivo", entonces el fractal de la sociedad ha de ser un fractal variable y estable, caótico y dialéctico, es decir, natural, o lo que es lo mismo, un comunismo ultraevolucionado a partir del comunismo primitivo alienado del hombre a partir de regímenes sociales no naturales que se han dado en la historia (esclavismo, asiático, feudal, capitalista).

Tuesday, September 19, 2006

Friday, September 01, 2006

Verbos de la cocina:

lavar, secar, cocer, cocinar, tallar, freir, guisar, sazonar, aderezar, escurrir, voltear, calentar, enfriar, conservar, guardar, almacenar, tapar, destapar, gratinar, hornear, bañar, cortar, rebanar, estilar, colar, picar, pulverizar, esperar, comer, beber, mezclar, endulzar, salar, congelar, descongelar, licuar, batir, dorar, tostar, envolver, desenvolver, comprar, servir, gustar, probar, degustar, lamer, organizar, tirar, evaporar, hervir, pelar, asar, colgar, prender, encender, amasar, deshuesar, oler, romper, ablandar, tapar, sacudir, partir, desmenuzar, poner, quitar, meter, sacar, recoger, cambiar, acomodar, rallar, raspar, mojar, gotear, acitronar, crujir, endulzar, clasificar, enjuagar, agitar, aplastar, extraer, exprimir, platicar, atender, prender, apagar, enchufar, desenchufar, tasajear, sostener, cargar, colocar, aislar, rellenar, filtrar, moldear, formar, partir, diluir, condensar, absorber, destilar, echar, asentar, quebrar, romper, agarrar, soltar, espolvorear, machacar, macerar, cernir, pizcar, añadir, agregar,

Sunday, August 27, 2006