Ciencia y tecnología desde una perspectiva de género(...)
El mito de la ciencia neutral
La médica feminista española Rosa María Medina propone un examen crítico de los artículos de divulgación de hallazgos, que ponga en evidencia las operaciones discursivas que producen un engañoso efecto de neutralidad. En primer lugar, la creciente búsqueda de coherencia normativizada y autorreferida de los artículos científicos –introducción, métodos, resultados, discusión y conclusiones- contribuye a esfumar una característica propia de todo texto: su doble condición de “hipertexto” que remite a muchos otros, y de “intertexto” cuyo significado es una construcción dialógica entre autor y lector. En segundo lugar, el afán de “objetividad científica” - tan caro al paradigma hegemónico- induce una modalidad expositiva impersonal que invisibiliza el carácter situado de sus protagonistas, describiendo relaciones entre objetos experimentales que parecen existir por sí mismos: “se estudió”, “se piensa que”, “la metodología empleada hizo ver ...”, etc. En tercer lugar, ciertos recursos gramaticales y semánticos ahondan la distancia retórica entre el sujeto activo que investiga y los dóciles objetos de laboratorio, despojando a la exposición de su carácter interpretativo: parece ser la naturaleza misma que se expresa a través de la investigación (es lo que la autora llama “el mito de la inmaculada percepción”)(10). En cuarto lugar, el uso y abuso de citaciones opera el milagro de trastocar los enunciados en “hechos científicos”: afirmaciones que parecen confirmadas por infinidad de artículos, se invisten así de una autoridad incuestionada. A modo de síntesis del argumento, “Los informes científicos no describen con fidelidad la práctica experimental de laboratorio, pues
no siguen la trayectoria temporal de la investigación y el curso de los acontecimientos. Los artículos científicos se reescriben siguiendo un relato más inductivo y, así, se reinscriben en los principios sostenidos por el método. Es decir, la actividad de los investigadores se redescribe adecuándola al método, de manera que la aplicación del método inductivo en el texto sustituye a su aplicación en la práctica” (Medina Domenéch 1999:117)
Este efecto de neutralidad racional, ascéptica y desocializada oficia a menudo de pantalla protectora al sexismo y la subestimación de las capacidades científicas de las mujeres, exacerbando los obstáculos que éstas encuentran en el ámbito académico. En 1992, la revista norteamericana Science publicaba las opiniones de un numeroso grupo de mujeres científicas entrevistadas. La percepción de los hombres –aceptada por muchas mujeres- es que ellas no tienen condiciones para el éxito científico, lo cual se traduce en inseguridad y baja autoestima. Características “típicamente masculinas” como el liderazgo y la agresividad son mal vistas cuando las exhibe una mujer. La mujer excesivamente “femenina” y preocupada por su apariencia es menospreciada, pero si su actitud es la contraria se la considera agresiva y desagradable.
Frecuentemente la decisión de ser madre es tomada como una falta de compromiso con la ciencia, y en consecuencia, un 38% de las químicas americanas permanecen solteras, frente al 18% de los químicos. La triple carga de científica, esposa y madre, grava pesadamente la productividad profesional de quienes la soportan. Si todavía hoy es un lugar común decir que “detrás de todo gran hombre hay siempre una gran mujer” que lo comprende y apoya, detrás de la mujer científica suele haber alguien absorbido por su propia actividad(11). Las científicas se sienten marginadas de los ámbitos de decisión constituídos por hombres, que resuelven sobre las orientaciones de la investigación, asignan tareas y recursos, deciden qué se publica. Ellas publican menos y lo hacen en revistas de menor categoría, lo que constituye al mismo tiempo la causa y el efecto de un menor status científico. En el caso de las Matemáticas, en los diez principales Departamentos de las Universidades americanas, frente a trescientos hombres jefes de equipo existen únicamente dos mujeres(12).
“El discurso científico continúa siendo androcéntrico, y esta situación perjudica tanto a las mujeres como a los hombres o a la propia ciencia. A las mujeres, porque les obliga a superar una serie de barreras, lo que se empieza a llamar la «barrera de cristal», empleando en ello unas energías y una inteligencia que deberían utilizarse en la creación científica. A los hombres, porque no serán auténticamente libres para vivir y para crear mientras esta libertad no sea compartida con las mujeres. A la ciencia, en fin, porque si rechaza a la mujer, rechaza también un conjunto de valores imprescindibles para la creación científica, una parte del patrimonio cultural de la humanidad. El progreso humano y científico se logrará mejor integrando a las mujeres en el eje principal de la cultura dominante” (Van den Eynde 1994)
En estas últimas décadas se abre paso una relectura de la historia de las ciencias desde una perspectiva que parte del género como una construcción social y que pone en evidencia el discurso androcéntrico manifestado en la teoría y práctica de las ciencias.
Ganan progresiva visibilidad los aportes de las mujeres al desarrollo científico, a menudo oscurecidos y aun directamente borrados de la memoria histórica. Se denuncian las barreras a la participación femenina como el principal factor causal d su débil presencia en ciencia y tecnología (Aguirre y Batthyány 2000). Los enfoques de género emergentes en la “segunda ola” del feminismo de los años ‘60 a los ’80, partían de la denuncia de la escasez de mujeres en las ciencias, para luego detenerse en el carácter androcéntrico del contenido de las ciencias y en los sesgos sexistas del lenguaje. Estos enfoques se orientaban de este modo hacia una revisión profunda de las relaciones entre ciencia y sociedad: “Ya no se trata únicamente de reformar las instituciones y de alfabetizar en ciencia y tecnología a las mujeres, sino de reformar la propia ciencia” (González García 1999:47). La asimetría profunda entre hombres y mujeres en el acceso a la producción, recursos y reconocimiento tecno -científico, no puede más que impactar fuertemente sobre la propia naturaleza de la actividad científica resultante. El análisis de la ciencia desde una perspectiva de género, por tanto, sólo puede ser “programáticamente asimétrico”, sesgo que se manifiesta en la selección temática (la construcción científica de los sexos en biología, psicología,etc.), en su carácter evaluativo (la identificación de preconceptos sexistas y androcéntricos en la actividad de investigación) y en la búsqueda propositiva de teorías alternativas al androcentrismo dominante (González García op.cit.). Ante la supuesta “neutralidad evaluativa” y el “principio de simetría”, ciertas científicas feministas reclaman un enfoque “evaluativo y por tanto asimétrico”, que emplee la investigación empírica para mostrar y cuestionar en las prácticas científicas corrientes, “las presuposiciones que subyacen a estados y prácticas de dominación y subordinación” (González García 1999:54)
Son numerosos los trabajos que emprenden este camino; una breve reseña de algunos de entre los que se encuentran disponibles en nuestro medio, bastará como indicativo.
Así por ejemplo Dolores Sánchez (1999), que propone un análisis del discurso médico contenido en el popular e influyente Tratado de Ginecología (Botella y Clavero, Edic. Díaz de Santos, Madrid 1993) de consulta corriente en las Facultades de Medicina españolas, cuyos términos no han cambiado sustantivamente en sucesivas reediciones desde los ’40. La autora pone en evidencia allí: i) una construcción semántica esencialista de la categoría “mujer” a través de la sinonimia aproblemática de los términos hembra, femineidad, materno, muchacha, mujer y reproductora; ii) una representación del cuerpo de las mujeres articulada exclusivamente en torno a la reproducción; iii) una permanente confusión entre las dimensiones anatómicas, fisiológicas y comportamentales de la sexualidad femenina; iv) una explicación del desarrollo somático y psicológico de una femineidad constituida para siempre en la pubertad, basada en las hormonas; v) la naturalización biologista del carácter activo e inductor del cromosoma masculino; vi) la existencia de una activa “glándula masculinizante” (testículo) frente a un desarrollo pasivo del ovario “en ausencia de inducción genética”.
Las españolas María José Barral e Isabel Delgado (respectivamente, médica y licenciada en Ciencias Biológicas) se ocupan también del examen crítico de las construcciones discursivas corrientes en las ciencias biomédicas. Estas investigadoras han hecho notar la falsa neutralidad de las comparaciones entre la especie humana y ciertas especies animales tendenciosamente elegidas para mostrar el carácter evolutivo de las diferencias entre hombres y mujeres. Este escamoteo puede llegar lejos, llegándose a eludir toda referencia a patrones de relación sexual en ciertos animales, notoriamente “inconvenientes” en la perspectiva androcéntrica13 que permea estos estudios. En el desarrollo central de su texto, Barral y Delgado cuestionan a fondo las ideas corrientes sobre la diferenciación sexual humana que aun hoy dominan en la enseñanza de las ciencias biológicas. Hasta hace bien poco tiempo, nadie discutía la tesis de que las diferencias fisiológicas entre mujeres y hombres era enteramente codificada por el llamado “par 23” de cromosomas, o “cromosomas sexuales”; el hecho de que los otros 22 pares de cromosomas que contienen el material genético en nuestra especie, son idénticos en ambos sexos, era exhibido como evidencia empírica contundente. El par 23 femenino presenta dos cromosomas idénticos “XX”, en tanto que en el par correspondiente masculino uno de estos cromosomas presenta un segmento distinto de su opuesto X: el célebre “Y” del par 23, que en el hombre se representa “XY”. Esta diferencia –que ya era visible con el viejo microscopio óptico llevaba a centrar la atención en estos genes impares del cromosoma Y a la hora de explicar la diferenciación sexual desplegada desde las primeras semanas del embrión humano. El razonamiento parecía científicamente irreprochable y al abrigo de cualquier sesgo sexista: si estos genes sólo se encontraban en el hombre, ergo debían ser responsables de todos los caracteres masculinos. De allí se seguía que sólo el gen Y podía tener un rol “activo” en la determinación del sexo, frente al rol “pasivo” del gen X: éste último lo poseen hombres y mujeres, por tanto debía ser sexualmente neutro. La existencia de una región cromosómica llamada “gen SRY”, responsable de la formación de los testículos y sólo presente en el cromosoma Y, parecía aportar una prueba definitiva para aquella proposición. Pero el desarrollo de nuevas técnicas de genética molecular en los ’80 puso en evidencia que en realidad el gen SRY se encontraba en una región del cromosoma Y de elevada homología con su opuesto X; en otras palabras, el cromosoma X –idéntico en hombres y mujeres- también contenía genes responsables de la diferenciación sexual masculina. En 1994, un equipo de genetistas italianos dirigidos por la investigadora Giovanna Camerino demostraba que la duplicación de cierta región del cromosoma X en un genoma XY (masculino), favorecía el desarrollo del ovario y la inhibición del testículo, dando lugar a... ¡una mujer “XY”! Distintas investigaciones aportaban otras evidencias favorables a la nueva tesis del papel activo del cromosoma X en la diferenciación sexual, y muy especialmente dos hallazgos de efecto demoledor para la vieja dicotomía simplificadora “XX-XY”: a) se identificaron genes del cromosoma X sin cuya intervención las hormonas masculinas (testosterona y dihidro-testosterona) no podrían ser funcionales; b) un gen localizado en el par 19 (no sexual, idéntico en hombres y mujeres) codifica una hormona masculina que inhibe el desarrollo del útero y de la vagina.
Otro aspecto significativo de esta cuestión, es la proposición de que el patrón genético sexual “XX-hembra, XY-macho” constituye el estadio superior de la escala evolutiva.
Hasta hace muy poco ésta era una afirmación banal que nadie cuestionaba, pero una descripción más cuidadosa de otros modos de determinación del sexo en el reino animal ha desautorizado la generalización de este modelo. Hay especies animales en cuyos individuos coexisten células masculinas y femeninas, otras se diferencian sexualmente por efecto de activadores ambientales (temperaturas, concentraciones diferentes de dióxido de carbono), etc. Pero aun entre las especies cuyo sexo se determina genéticamente, los patrones de codificación presentan una asombrosa diversidad. La evidencia empírica apunta de más en más a la intervención de los mismos genes en funciones múltiples, y viceversa, la regulación de una misma función por parte de genes muy alejados entre sí. A pesar de todos estos datos –señalan las autoras- la genética sigue fuertemente influida por los prejuicios sociales presentes en trabajos anteriores; esto es particularmente notorio en la llamada “genética del comportamiento” que sostiene que éstos son hereditarios y se transmiten sin cambios de generación en generación. Los herederos del movimiento “eugenista” de comienzos del siglo XX, sostienen el origen biológico de ciertas patologías sociales (alcoholismo, prostitución, criminalidad, pobreza...) y consecuentemente, la posibilidad de intervención –como en los animales- por vía de la manipulación de sus caracteres hereditarios(14).
Por último, estas investigadoras señalan que la cría humana nace con un cerebro más inmaduro respecto de los demás primates y mamíferos superiores, y su maduración se completa bajo influencia ambiental en los primeros años de vida posnatal. La enorme plasticidad del cerebro humano explica su capacidad de aprendizaje y adaptación a los entornos más diversos, de tal modo que la cultura actúa como un molde que asegura una alta conformidad del individuo al ambiente social en el que crece; esta conformidad socio-cultural, una vez firmemente establecida mediante los procesos de socialización, será percibida como si fuera la única “naturaleza humana”. Los individuos de la especie humana somos únicos, seguimos un itinerario singular de adaptaciones sin mediación genética alguna; pero las nuevas adquisiciones adaptativas pueden transmitirse hereditariamente. Ejemplo de esto, es el gen que codifica la enzima capaz de metabolizar el alcohol; este gen se encuentra presente en el 99 % de la población occidental, y no llega al 50 % en la población asiática. La única explicación viable de esta notable diferencia, es la impronta histórico-cultural de altos estándares de consumo de alcohol incorporados a los hábitos sociales milenarios de las civilizaciones occidentales. Otro caso es la incidencia del desarrollo del lenguaje en el cambio de posición de la laringe; en la infancia, ésta ocupa una posición alta en el cuello (frente a las tres primeras vértebras cervicales); en el adulto desciende hasta la zona ubicada entre la cuarta y la séptima cervical, desplazamiento que amplía la gama posible de sonidos producidos con la contracción de las cuerdas vocales.
Esta evolución es muy reciente: no tiene más de 300.000 años; en los primates y delfines, la laringe ocupa la misma posición que en el pequeño humano. Concluyen las autoras: “Las investigaciones científicas nos permiten adentrarnos en el conocimiento de esta diversidad, pero para ello es necesario dar a las investigaciones un nuevo enfoque, que las libere de los sesgos androcéntricos y antropocéntricos que han hecho que hasta ahora, en su mayoría, vinieran a confirmar y rubricar científicamente los estereotipos sociales en relación con los sexos” (Barral y Delgado 1999:153)
Esta búsqueda “hacia atrás” de la huella socio -cultural en la fisiología humana se revela muy productiva. De más en más, se percibe que “...la biología del cuerpo es alterada significativamente por los diversos estímulos socio -culturales del ambiente”, con lo que pierde asidero la vieja noción decimonónica de géneros “fatalmente” determinados por la biología.
Consecuentemente, ha ganado legitimidad la perspectiva de la “enculturación” y la educación como responsables de la introyección de “lo ‘femenino’ y lo ‘masculino’, las conductas esperadas de rol, y las demandas sociales al respecto” (Porzecanski 1998:50).
Otro importante vector de estudios de género en las ciencias biomédicas se ha ocupado de la deconstrucción del discurso médico psiquiátrico y psicológico sobre los sexos. El discurso médico sobre la “naturaleza femenina” cristaliza en los siglos XVIII y XIX en una narrativa que construye una mujer “frágil, emotiva, dependiente, sexualmente pasiva y destinada a la maternidad”. El discurso sobre la pasividad de las mujeres es una laboriosa construcción ambientada en la exaltación del pudor y la preservación de la ignorancia femenina que garantiza una inocencia elevada a la categoría de virtud suprema. En ese contexto deben verse las campañas “médicohigienistas” del siglo XIX que recomiendan a las madres las listas de alimentos a evitar por sus propiedades afrodisíacas, desaconsejan a las mujeres la lectura de novelas, censuran la asistencia al teatro y el gusto por la “música voluptuosa”, todas éstas orientaciones conducentes a asegurar el recato (Fernández 1993:83-88). La psiquiatría decimonónica desempeña un rol central en la construcción de una ideología sexista erigida en justificativo científico de la subordinación femenina.
Numerosos textos médicos clasifican a las mujeres en los tramos inferiores de la escala evolutiva, asimilable a lo primitivo e infantil. Se trata por otra parte de nociones corrientes en la intelectualidad de la época; así el influyente estudio sobre la psicología de las multitudes publicado en 1895 por Gustave Le Bon, donde sostiene que “la impulsividad, la irritabilidad, la incapacidad para razonar, la ausencia de juicio y de espíritu crítico, la exageración de los sentimientos” son observables en “formas inferiores de evolución, tales como la mujer, el salvaje y el niño” (Le Bon 1978:40).
Estas son las bases para la elaboración de un estereotipo dualista que atribuye a la mujer componentes psicológicos y actitudinales tales como el afecto, la sensibilidad, dulzura, intuición, pasividad y abnegación, frente a un varón “naturalmente” inclinado al raciocinio, la reflexión, capacidad de análisis, rendimiento intelectual y creatividad.
De allí se sigue que la mujer es más propensa a estados de desequilibrio mental, ya que la sugestionabilidad y la emotividad -esencialmente “femeninas”- constituyen terreno fértil para la aparición de fobias, histerias, psicosis, etc. La tipificación de la histeria como una patología propiamente femenina es uno de los productos decantados de este discurso.
Detengámonos un momento en la feminización de la histeria, noción que ha probado una asombrosa resistencia al paso del tiempo. En una edición del Diccionario Enciclopédico Salvat vieja de 40 años, se define el concepto en los siguientes términos: “Enfermedad nerviosa, crónica, más frecuente en la mujer que en el hombre (...) La causa verdadera del histerismo se ignora y en el transcurso del tiempo se ha 18 achacado a trasplante del útero a distintos lugares del cuerpo (...) El tratamiento es dificilísimo; se recomiendan la permanencia en el campo, los deportes, la hidroterapia, la electricidad, y sobre todo la psicoterapia” (Diccionario Enciclopédico Salvat t.6, 1962:835).
Convengamos en que se trata de una apreciación subidamente conservadora, en parte atribuíble al contexto socio -cultural y religioso tradicional de la España franquista y la influencia del flamante Opus Dei fundado por Escrivà de Balaguer apenas unos años antes. En aras de descontar dicho sesgo, consultemos la modernísima Enciclopedia digital Encarta 2000. Allí se ilustra el concepto con un incidente de “histeria colectiva” protagonizado por un grupo escolar estadounidense en 1977, cuyos miembros experimentaron “dolores de cabeza, náuseas, vértigos y desfallecimientos tras un acontecimiento deportivo”. Luego de señalar que los investigadores concluyeron que “había sido la reacción al calor de algunos miembros de la banda que se había extendido, por sugestión, a otros miembros”, podemos leer:
“No obstante, hay que tener en cuenta que tal conclusión pudo deberse a que los miembros de la banda eran mujeres, sexo al que se solía relacionar con esta enfermedad”. Se agrega más adelante que la histeria ha sido “...clásicamente definida como trastorno propio de las mujeres. Desde el punto de vista de la etimología es una enfermedad ligada a este sexo, que ya los antiguos griegos definieron para referirse a la inestabilidad y movilidad de los síntomas físicos y a los accesos de desequilibrio emocional propios de las mujeres, según la teoría de que el útero se situaba en posiciones distintas (en griego, útero es hystera)”. Sigue un breve comentario de las ideas de Charcot y la teoría freudiana que remite al conflicto inconsciente y los deseos reprimidos, para concluir que ello “...no impidió que [la histeria] siguiera asociada a género femenino, siendo muy poco frecuente que a un hombre le diagnosticaran esta enfermedad”. El lenguaje cuidado del artículo lo reviste de una prudente neutralidad, y hasta parece insinuarse cierta distancia crítica: “no obstante, hay que tener en cuenta...”, etc. Pero esta asepsia sintáctica debe examinarse más de cerca. En primer lugar, nótese que no se esboza siquiera una sospecha de prejuicio o sesgo sexista:
¿porqué, por ejemplo, los investigadores de marras deberían seguir influidos en 1977 por ideas viejas de un siglo? Por otra parte, ¿porqué resulta tan significativo para el autor del artículo que “los miembros de la banda” fueran en realidad mujeres? Y también, ¿porqué la histeria permanece “asociada al género femenino”? Finalmente, nótese la ambigüedad de la proposición “Desde el punto de vista de la etimología es una enfermedad ligada a este sexo”: la etimología no produce “puntos de vista”, sino que establece “el origen y evolución de las palabras” (Encarta dixit); este trastocamiento semántico, insignificante por sí mismo, inviste a aquella frase de un sospechoso sesgo fáctico o afirmativo. En palabras de una investigadora en filología románica:
“Evidentemente, los diccionarios deben recoger todo cuanto diga la gente, por racista que sea, por sexista o misógino que sea, por clasista que sea, por insultante que sea, ya que para este menester, para situar lo que se dice en su justo lugar están las notas pragmáticas que tienen la virtud de relacionar a quien habla con las circunstancias de la comunicación. Otra cosa muy distinta es lo que lexicógrafas y lexicógrafos añadan de su subjetividad e ideología cuando redactan distintos artículos” (Lledó Cunill 2003:12)
Pero retomemos el concepto de histeria. Para el eminente médico francés Jean Martin Charcot (1825-1893), maestro de Sigmund Freud –quien por otra parte se hizo eco de muchas de sus ideas- el ovario es la zona histerógena por definición. A finales del siglo XIX florecen las publicaciones médicas y psiquiátricas con hallazgos, verificaciones empíricas y registros estadísticos que componen cuadros explicativos de más en más osados y precisos de las patologías “femeninas”. Se asocia la menstruación a la neurastenia, la histeria y las fobias en general; se “demuestra” que el embarazo induce comportamientos cleptómanos e infantiles y aumenta la probabilidad de cuadros epilépticos; se establece que la menopausia es causante de psicosis melancólicas y del mal de Parkinson...
“Así, procesos fisiológicos como la menstruación, la gestación, el puerperio y la menopausia podían coadyuvar al desarrollo de la locura cuando el terreno estaba preparado. Esta relación era consecuencia de la asimilación que los frenopatólogos o psiquiatras venían haciendo, desde finales del siglo XIX, de las teorías médicas que explicaban la aparición de determinadas patologías en las mujeres” (Jiménez y Ruiz 1999)
Las historias clínicas de fines del siglo XIX e inicios del XX registran “psicosis puerperales” que desaparecen luego de una intervención quirúrgica en el aparato genital de la paciente, casos en que la “melancolía” constatada se esfuma sin dejar huella tras la operación de un quiste de ovario, la generalización de la ovariotomía como tratamiento de enfermedades mentales así como la aplicación de choques eléctricos para intervenir en cuadros de histeria. Pero la observación clínica no siempre parecía confirmar estas presunciones; sucedía que a menudo, los síntomas de estas enfermedades eran observables en varones. La línea explicativa dominante obligaba a buscar los factores patógenos en la diferenciación sexual, y estos casos “atípicos” debían ser explicados en coherencia con aquella racionalidad hegemónica; así lo reclamaba el rigor científico exhibido por el ufano positivismo de la época. La literatura consultada por estas investigadoras muestra la segura eficacia del patrón explicativo de estas patologías, anclado en la discriminación y estigmatización del “sexo débil”. Es así que aquellos síntomas observados en hombres, eran atribuidos a desencadenantes exógenos tales como el cansancio físico o mental, infecciones, excesos sexuales, el extrañamiento del país, y un largo etcétera desprovisto de cualquier remisión a la fisiología “masculina”. ¿Y los varones histéricos? Pues ... sólo podían explicarse como desviaciones del patrón masculino saludable: eran “extravagantes” o de constitución física débil, en otros casos se echaba mano a testimonios familiares que los describían como “raros” desde la infancia, etc. En suma, el cuadro de excepción en que era inscrito el sufriente, determinaba que no se lo considerara un “hombre normal”; el arquetipo masculino dominante salía airoso de la prueba, permaneciendo tan fuerte y persuasivo como siempre. Notemos, finalmente, que la correlación acrítica entre enfermedad mental y género se evidencia en el hecho de que “...mientras conductas en extremo agresivas desarrolladas por un varón no daban lugar a, ni siquiera, la sospecha de una alteración mental, las respuestas defensivas de una mujer eran patologizadas” (Jiménez y Ruiz 1999:200).